Caminando por ahí, en la fila del banco (al que cada vez vamos menos o porque no hay dinero que gestionar o porque hacemos las transacciones de manera virtual), en la panadería o el supermercado (a los que si vamos permanentemente sobre todo por necesidad, aunque algunos también por gusto), nos encontramos con conocidos o amigos con los que luego de los saludos de rigor y las preguntas sobre como están los miembros de la familia de cada quien, terminamos preguntando uno u otra –con curiosidad real o por sacar un tema del que hablar-, ¿por quién vas a votar?, arrepintiéndonos de inmediato en algunos casos de haber sacado un tema que nos puede hacer disgustar.
Algunos dicen que no saben, otros dan un nombre que provoca alguna expresión verbal o gestual del interlocutor o un silencio sepulcral que finiquita la conversación. Hay otros que responden que lo que sí saben es por quién no van a votar: camiseteros, buchiplumas, deshonestos, que hayan sido glosados por la Contraloría, que tengan rabo de paja, que les dé lo mismo la ciudad o la provincia y solo busquen poder y dónde robar, desconocidos o conocidos por sus malas artes…Al escucharse dicen deprimirse porque difícil está la decisión, aunque siempre queda la opción de anular. (O)









