Revelaciones que conmocionan

Todo hombre tiene su historia. Y cuando digo historia, no me refiero únicamente al pasado vivido, sino también a aquellos acontecimientos que, trascendiendo su propia existencia, dejaron huella en los demás. En el caso del médico, esa historia está hecha de conocimientos, decisiones, aciertos, dudas, esperanzas y también errores.

Meses atrás, un traumatólogo, lector de ciencia y literatura, todavía vigente en su profesión, nos compartió “Jornada Médica en un Velorio”, una de las tres obras de la trilogía “Jornadas Médicas”, del doctor Rafael Olivera Figueroa.

Una docena de médicos se reúnen durante el velorio de su colega-líder, el doctor Luis Dondé, para confesar sus errores más impresionantes. Hay algo profundamente humano en esa escena: quienes acostumbran escuchar el dolor ajeno se convierten, por una noche, en pacientes de su propia conciencia.

En gratitud al amigo que nos envió el libro, no referiré la historia del ortopedista Roberto Bojar, sino una reflexión de su introducción: reunirse a confesar las propias fallas demuestra madurez y responsabilidad, porque reconocerlas impulsa a estudiar y prepararse mejor. Quizá allí reside una de las mayores grandezas de la medicina: reconocer que somos falibles.

Yo también recuerdo un caso que pudo terminar en tragedia: Una paciente, después de un legrado, estaba a punto de abandonar la casa de salud. Se había indicado al interno administrar la última ampolla de Methergín para evitar el sangrado uterino. Pero ocurrió un error: en lugar del medicamento prescrito administró Norcuron, un relajante neuromuscular capaz de paralizar hasta los músculos respiratorios.

Nos encontrábamos apenas a una cuadra cuando recibimos la llamada. Creo que aquella carrera nos habría permitido competir con el mismísimo Usain Bolt. Al llegar, la paciente estaba morada y sin respirar. Iniciamos inmediatamente la respiración boca a boca mientras se preparaba la Neostigmina para revertir el bloqueo neuromuscular.La paciente sobrevivió y lo más conmovedor vino después: jamás dejó de visitarnos. Hasta hoy conserva aquel vínculo nacido, paradójicamente, de uno de los momentos más difíciles de su vida.

Los errores no deberían ocultarse. Deben analizarse con honestidad, convertirse en aprendizaje y servir para impedir que vuelvan a repetirse. No para satisfacer una necesidad de castigo, sino para proteger la próxima vida que dependa de nosotros.

Porque la medicina no puede prometer infalibilidad. Puede prometer responsabilidad. Detrás de cada bata blanca hay un ser humano; detrás de cada decisión, una conciencia; y detrás de cada paciente, una vida irrepetible.

Quizá por eso seguimos estudiando y ejerciendo: porque somos falibles, pero mientras exista una vida frente a nosotros, la esperanza sigue siendo nuestra mayor responsabilidad. (O)

Dr. Edgar Pesántez

Dr. Edgar Pesántez

Médico-Cirujano. Licenciatura en Ciencias de la Información y Comunicación Social y en Lengua y Literatura. Maestría en Educomunicación y Estudios Culturales y doctorado en Estudios Latinoamericanos.