Los resultados de PISA 2025, tan difundidos en estos días, deben motivar, ante todo, una revisión profunda de las políticas públicas en educación. Más que discutir un puesto entre los 91 países y economías participantes, conviene mirar lo que los números dicen sobre nuestros propios estudiantes: apenas el 20 % alcanza el nivel mínimo esperado en Matemáticas, el 38 % en Lectura y el 40 % en Ciencias. Frente a 2017, además, la proporción de estudiantes con bajo desempeño aumentó nueve puntos porcentuales en Matemáticas y once en Lectura. Es verdad que parte de esta variación coincide con una mayor incorporación de adolescentes antes excluidos del sistema educativo, pero precisamente por ello el desafío ya no puede limitarse al acceso: hay que garantizar que estar en las aulas signifique también aprender.
¿Qué están haciendo mejor países como Uruguay o Irlanda? Uruguay alcanzó en Ciencias su mejor resultado desde que participa en PISA y el 64 % de sus estudiantes llega al nivel mínimo de competencia, frente al 40 % de Ecuador. En Irlanda, ese porcentaje alcanza el 82 % y llega al 84 % en Lectura. No se trata de copiar modelos ni de desconocer que cada sistema responde a condiciones económicas y sociales diferentes, sino de aprender de estructuras educativas capaces de sostener políticas, fortalecer las destrezas fundamentales y corregir cuando los resultados lo exigen. Tampoco se resuelve acumulando materias u horas de clase. Se necesita una educación pública que pueda resistir los vaivenes políticos, atender las desigualdades y concentrarse en enseñar bien aquello que ya está en el currículo.
Para eso sirven evaluaciones como PISA. Evaluar no debería entenderse como buscar culpables ni como exhibir un fracaso, sino como construir una cultura que permita reconocer debilidades, medir avances y corregir el camino. La responsabilidad principal corresponde al Estado, que debe garantizar continuidad, recursos, buenos docentes y políticas sostenidas; pero tampoco puede deslindarse a las familias. Interesarse por lo que aprenden sus hijos, estimular la lectura, acompañar el esfuerzo y exigir una educación de calidad también forma parte de esa responsabilidad. Si algo útil pueden dejarnos estos resultados es la oportunidad de dejar de discutir solamente cuánto invertimos o cuántas materias enseñamos y empezar a preguntarnos, con evidencia, cuánto están realmente aprendiendo nuestros estudiantes.











