En una casa de la calle San Sebastián, en el cantón Sígsig, nororiente de la provincia del Azuay, María Morocho se sienta afuera de su vivienda y mira el paso del tiempo. Tiene 81 años, pero hay recuerdos que parecen no envejecer.
Cada septiembre, cuando se acerca el aniversario de los atentados del 11 de septiembre de 2001, la memoria la devuelve a aquella mañana en la que perdió a sus dos hijos, Blanca y Leonel Morocho, dos ecuatorianos que se encontraban en Estados Unidos y que murieron en la tragedia de las Torres Gemelas.
“Eran mis hijos”, dice María mientras recuerda aquellos momentos. Sus palabras se mezclan con silencios y recuerdos que todavía duelen. María recuerda que aquella mañana encendió el televisor para mirar las noticias. Eran aproximadamente las 06:30.
Las imágenes de Nueva York mostraban humo, destrucción y una tragedia que todavía no dimensionaba. Pero María sabía algo que hacía que aquellas imágenes fueran aún más aterradoras: sus hijos estaban allí.
Blanca y Leonel trabajaban en Estados Unidos. María recuerda que sus actividades estaban relacionadas con el sector de la alimentación y otros oficios. Sabía también que ese día ambos tenían previsto estar en el lugar de trabajo. “Yo sabía bien que estaban ahí”, recuerda.
Con el paso de las horas llegó la incertidumbre. Después, la confirmación de una tragedia que una madre nunca quisiera recibir.
Sus hijos habían viajado a Estados Unidos buscando oportunidades económicas. Blanca había llegado siendo todavía joven. Leonel también había construido parte de su vida lejos de Sígsig. Allí formaron sus familias y dejaron descendencia. Pero ninguno de esos kilómetros logró borrar a Blanca y Leonel de la memoria de su madre.
Viaje a Estados Unidos
Poco tiempo después, María pudo viajar a Estados Unidos. Visitó lugares relacionados con aquella tragedia y vivió de cerca el dolor que había visto primero a través de la televisión. Nunca pudo encontrar los cuerpos de sus hijos. Esa ausencia convirtió el recuerdo en una herida todavía más difícil de cerrar. “Siempre me llamaban”
Cuando María habla de sus hijos, no los recuerda únicamente por aquella tragedia. Los recuerda cómo eran antes.
También evoca aquella última etapa de sus vidas. Uno de sus hijos estaba de vacaciones, pero aquel día decidió acudir a trabajar. En medio de las decisiones cotidianas, de esas que parecen pequeñas y normales, terminó escribiéndose una de las páginas más dolorosas de la familia Morocho. María sabe que todo ocurrió de manera fortuita.
Por eso, 25 años después, todavía cuesta hablar de aquella mañana. Sobre el paso de los años, María reconoce que el dolor no desaparece.
Las fotografías se han convertido en uno de los tesoros que conserva para no olvidar. Las mira y vuelve a ver a sus hijos. “Ahí está mi hijo”, recuerda mientras habla de las imágenes que guarda. No necesita demasiado para regresar a aquellos años. Una fotografía, un nombre o una llamada bastan para que Blanca y Leonel vuelvan a estar presentes.
Dolor
Hace cuatro años, María estuvo nuevamente en una misa en memoria de sus hijos. Volvió a sentir aquella mezcla de tristeza, recuerdos y ausencia que la acompaña desde hace un cuarto de siglo.
El 11 de septiembre no es solamente una fecha histórica para María Morocho. Es el día en que una madre perdió a dos hijos.
Mientras el mundo recuerda las imágenes de las Torres Gemelas y las miles de vidas que se apagaron aquella mañana, en Sígsig una madre recuerda dos nombres, Blanca y Leonel. Han pasado 25 años. María sigue hablando de ellos, sigue mirando sus fotografías y sigue guardando sus recuerdos. (I)
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