Hace cuatro décadas, Postman advirtió que la política comenzaba a adoptar las reglas del espectáculo. La imagen ganaba terreno frente al argumento donde captar la atención empezaba a ser tan importante como explicar una idea. Su preocupación estaba puesta en la televisión.
Hoy, el espacio se ha volcado a las redes y medios digitales, entre videos breves, tendencias, IA y una competencia permanente por ser vistos, aquella advertencia resulta cierta. La pregunta ya no es solamente quién logra hacerse visible, sino quién logra hacerse comprender.
Esa pregunta adquiere especial importancia en Cuenca.
A menos de tres meses de las elecciones del 29 de noviembre, Cedatos registra un 53,4 % de indecisión para la Alcaldía. A escala nacional, el mismo estudio muestra además una débil identificación partidaria. El 82,8 % de los consultados declara no tener afinidad con ningún partido o movimiento político.
La lectura más inmediata sería pensar que estamos frente a un enorme bolsón de votos disponibles. Desde esa lógica, la campaña parecería convertirse en una carrera por llamar la atención. Más recorridos. Más videos. Más publicaciones. Más presencia.
Pero una elección abierta no es necesariamente una elección vacía.
Un ciudadano puede no haber decidido su voto y, sin embargo, tener bastante claro qué le preocupa. Puede sentir que la movilidad deteriora su calidad de vida. Puede temer por la seguridad de su familia. Puede defender el agua como parte del futuro de la ciudad y no necesariamente estar de acuerdo con quienes logren abanderar la causa. Puede preguntarse si Cuenca sigue ofreciendo oportunidades para que los jóvenes aprendan, creen y construyan aquí su proyecto de vida.
La indecisión, por tanto, no significa ausencia de criterio, sino que puede revelar algo más complejo, pues muchos electores todavía no encuentran quién logre interpretar y traducir adecuadamente la realidad. En este escenario, los medios juegan un papel fundamental en torno a la construcción de la opinión pública al conectar aquello que preocupa a la ciudadanía con los asuntos que terminan convirtiéndose en demandas colectivas y, que finalmente, terminan en temas de debate político. Es en ese espacio donde las campañas disputan los marcos de interpretación que dan sentido a esos asuntos. Los hechos existen, pero su significado político depende de la manera en que los interpretamos.
Ahí comienza la verdadera disputa.
Las campañas no compiten solamente por nuestra atención. Compiten por ofrecernos una forma de entender lo que está ocurriendo.
Esto no es menor, ya que las elecciones ocurren en un contexto marcado por el debilitamiento de la intermediación partidaria, donde las organizaciones políticas tienen cada vez más dificultades para funcionar como referentes estables de identidad y representación. Cuando la sigla deja de ser suficiente para orientar el voto, la competencia se vuelve más personalista y la pregunta cambia. Ya no importa solamente qué partido representa a un candidato, sino qué logra representar ese candidato para el elector. Es entonces cuando la confianza, la trayectoria y la cercanía local adquieren un peso mayor en la construcción de la decisión.
En ese escenario también aumenta la tentación del ruido. Una campaña puede alcanzar miles de reproducciones, instalar un relato atractivo y aun así no ofrecer una razón suficiente para elegirla. Puede hacer visible un rostro sin conseguir que el elector comprenda qué representa ni por qué debería confiar en él. Cedatos recuerda precisamente que notoriedad y preferencia no son lo mismo.
Por eso el dato de indecisión debería leerse con algo más de profundidad. Ese 53,4 % no representa solamente electores esperando que alguien los convenza. Representa una elección cuyo significado todavía está en construcción. Y obliga a las candidaturas a hacerse una pregunta más difícil que cómo conseguir más alcance: qué está ocurriendo realmente en Cuenca y qué siente la gente frente a ello.
La campaña, entonces, no se juega únicamente en la capacidad de hacerse visible, sino en la capacidad de comprender el momento y convertirlo en una propuesta que tenga sentido para la ciudad.
En una elección abierta, no gana necesariamente quien más ruido hace, sino quien mejor traduce la realidad.
Juan Miguel Martínez Ordóñez
Consultor en comunicación política
Doctorando en Periodismo (UCM)










