Vivimos conectados casi todo el tiempo, al despertar y antes de dormir, buscamos el celular. Miramos mensajes, fotografías, historias y noticias; sabemos qué hacen otros, dónde están, qué celebran e incluso cómo se sienten, o al menos eso parece. Estamos en contacto con muchas personas, pero no siempre tenemos a quién llamar cuando necesitamos contar algo que nos preocupa, compartir una alegría o simplemente sentir que alguien está ahí.
La soledad puede aparecer justo en esos pequeños momentos que casi nadie ve: en el niño, adolescente o joven que ríe con sus amigos, pero lleva consigo aquello que siente y no logra expresar; en la mujer que está pendiente de todos y llega al final del día sin que nadie le pregunte cómo está; en el hombre que aprendió a callar cuando algo le duele; o en la persona mayor que espera una llamada o un poco de compañía mientras disfruta de un café.
Qué difícil resulta escapar de la soledad en un mundo hiperconectado, sobre todo si hemos aprendido a parecer fuertes frente al miedo, a sonreír pese al cansancio y a decir que estamos bien, aunque en realidad solo esperamos que alguien se detenga y nos pregunte cómo nos sentimos. Ese silencio pesa y cuesta reconocerlo.
Escucharnos es importante y mirarnos, todavía más; una lágrima o una risa que contagia son irremplazables, pero sentir el abrazo de un reencuentro es algo que ninguna pantalla puede reemplazar. Hay momentos que no necesitan una fotografía ni una publicación para permanecer: se quedan en la memoria, pero sobre todo en el corazón. Esa es la verdadera conexión: la que se siente, la que nos hace presentes y la que permanece incluso después de despedirnos.
Cada vez tenemos más razones para dedicarle tiempo a la tecnología y menos tiempo para nosotros y para quienes queremos. Corremos de una pantalla a otra, respondemos mensajes, atendemos “urgencias” y dejamos para después aquello que realmente importa, pero en algún momento llega ese instante, casi como un destello de razón, en el que algo dentro de nosotros se detiene y nos hace mirar de verdad. Es entonces cuando nos damos cuenta de que hemos estado tan ocupados conectándonos que olvidamos encontrarnos.
Quizá, cuando esa brillante luz se apague y cerremos al fin los ojos, comprendamos que no fueron tantos los que estuvieron, sino aquellos que supieron quedarse. (O)






