“A veces tus amigos no te ayudan, pero no hay amigos que te frieguen”, dijo Daniel Noboa a Andrés Jungbluth. Parece una ocurrencia, pero, dicha por quien gobierna un país con violencia, desigualdad y empobrecimiento, revela su forma de entender el poder.
El Estado no es un círculo de amigos ni la democracia puede dividirse entre aliados y enemigos. Un presidente debe garantizar los derechos de todas las personas, también de sus opositores. Exhibir detenciones como trofeos y declarar culpable a quien no ha recibido sentencia vulnera la presunción de inocencia y convierte la justicia en espectáculo.
La falta de empatía se expresa en la distancia entre el discurso oficial y la vida cotidiana. Mientras el Gobierno habla de éxito, las familias enfrentan desempleo, inseguridad, hospitales sin medicinas y un costo de vida creciente. Desde el privilegio, el dolor del pueblo parece una cifra y su voluntad, expresada en urnas y calles, puede ser ignorada.
Tal vez la frase de Noboa sí sea profunda, pero no como él imagina. En un país donde el poder persigue, empobrece o abandona, la pregunta no es si existen amigos que “te frieguen”, sino quién protege al pueblo cuando el Gobierno perjudica sus derechos, desconoce su voluntad y es incapaz de sentir su dolor
Ecuador no necesita un amigo en Carondelet. Necesita un presidente que respete la democracia, que no convierta a sus adversarios en enemigos, que gobierne con empatía y que entienda que el país no es una propiedad familiar ni un grupo de confianza: es una comunidad diversa de derechos, dignidades y voces que merecen ser escuchadas. (O)
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