El ejercicio de la democracia o el espacio de la virtud ciudadana

democracia ciudadana
Grabado histórico de apertura de los Estados Generales en Versalles el 5 de mayo de 1789. / Foto: Internet

Todos los tiempos son políticos. Pese a que en ocasiones las personas manifiesten su cansancio e impotencia frente a las prácticas del poder real y concreto, el hecho político es esencial y su presencia en la vida ciudadana es inexorable. Tal vez por eso corresponde que los individuos, nosotros, como ciudadanos, tengamos posicionamientos claros respecto a algunos conceptos que permanentemente están presentes en el debate sobre la forma de administrar la cosa pública.

La opinión ciudadana respecto a diferentes situaciones de la vida en sociedad es catalogada en ocasiones como de izquierda y en otras como de derecha. Esas dos grandes categorías de la política mundial y, por supuesto, nacional, agrupan a personas que por diferentes razones son consideradas miembros o seguidores de una u otra posición. A veces, se adjetiva de izquierdistas o se cataloga de derecha a quienes se quiere menospreciar por pensar de una determinada forma.

Todos los tiempos son políticos. Pese a que en ocasiones las personas manifiesten su cansancio e impotencia frente a las prácticas del poder real y concreto, el hecho político es esencial y su presencia en la vida ciudadana es inexorable»

Cuando en el año de 1789 la Asamblea Nacional de Francia se reunió para debatir el poder que podía ejercer el rey Luis XVI, las ideologías opuestas se colocaron físicamente según los asientos: a la derecha del presidente se ubicaron los representantes del clero y la aristocracia, quienes querían conservar los privilegios del Antiguo Régimen; al lado izquierdo se sentaron los que buscaban el cambio, limitando el poder del rey y defendiendo la igualdad ante la ley. De esta manera, la derecha pasó a ser la ideología que quería conservar el orden establecido y la izquierda, la transformación social.

Con el transcurrir del tiempo esas categorías esenciales se fortalecieron en la cultura de las naciones y hoy tienen plena vigencia, aunque, claro está, con las indefiniciones consustanciales a cualquier esfuerzo de clasificación, por ejemplo, cuando los ciudadanos pueden ser catalogados como de izquierda por ser ambientalistas, anti mineros, defensores de la justicia social y otros enfoques; pero esos mismos individuos en otros aspectos pueden ser religiosos, tradicionalistas y contrarios a ideas del progresismo contemporáneo. Lo mismo ocurre con quienes son considerados como de derecha por sus ideas de adherentes al libre mercado y a la menor intervención posible del Estado, y que también pueden tener criterios favorables al aborto, la eutanasia o a la doctrina de género.


Rudolf von Ihering, jurista alemán (1818 – 1892). Autor de varias obras trascendentales entre las cuales destaca “La lucha por el derecho”, / Foto: Internet

La democracia moderna como escenario de confluencia

La democracia moderna es el espacio que ha resuelto de manera altamente satisfactoria las reivindicaciones de las dos categorizaciones mencionadas, que en la opinión de la gente como en la academia se nutren de formas de pensar la convivencia que tienen fuerza específica y mantienen una identidad propia, pese a lo permeable de toda clasificación. Ejemplos de esta afirmación serían la doctrina ecologista, el movimiento pro vida o los grupos feministas. Todos ellos se han fraguado alrededor de ciertas ideas esenciales. Igualmente son considerados por el gran sistema de la democracia, el cual permite debatir sobre sus afirmaciones y alcanzar, siempre circunstancialmente, su reconocimiento, permisión o prohibición.

La democracia, según Norberto Bobbio, es en realidad una suerte de tablero de juego con reglas que permiten que los actores sociales propongan y defiendan sus posturas con el fin de que estas sean conocidas por el Estado y adquieran un valor legal. La democracia actual no funciona para reconocer exclusivamente un grupo de ideas o puntos de vista particulares, pues las verdades absolutas no existen. La derecha y la izquierda tienen las mismas posibilidades de ser reconocidas a través de procedimientos parlamentarios, judiciales y electorales. La democracia es el escenario de debate y decisiones en el cual actúan los unos y los otros, sin ningún privilegio por sus ideas o por el contenido conceptual y moral de sus posiciones. Si esta regla fundamental es violentada y los sistemas democráticos funcionan para favorecer una tendencia u otra, se convierten en autoritarismo, perdiendo su esencia de pluralidad y respeto. Más allá de esta amplitud, las democracias contemporáneas no dejan de reconocer como consustanciales e inalienables los derechos humanos fundamentales, la igualdad ante la ley, la no discriminación, la libertad en todas sus expresiones y la erradicación de la arbitrariedad.

La democracia es el escenario de debate y decisiones en el cual actúan los unos y los otros, sin ningún privilegio por sus ideas o por el contenido conceptual y moral de sus posiciones»

Así, el ejercicio de la democracia es el espacio de la virtud ciudadana, porque de lo que se trata en realidad es de respetar las reglas establecidas para que las ideas y los intereses de todos sean abordados correctamente por un sistema que tiene el rol de regular las individualidades y la lucha de la diversidad de demandas. El orden político de la democracia que también constituye una doctrina intelectual está indisolublemente relacionado con el derecho, que es la instancia que lo reconoce y posiciona de manera formal y obligatoria para todos.


Norberto Bobbio, jurista italiano (1909 – 2004). El concepto de democracia procedimental es una de sus mayores contribuciones. / Foto: Internet

El derecho y el imperativo ético de la convivencia

Así se puede afirmar que el respeto de la democracia implica el del derecho. Desde esta perspectiva —la única posible para el jurista y el ciudadano consciente de su interdependencia social y ambiental—, se fundamenta el respeto por lo que el derecho representa; en este caso, las reglas de juego para el ejercicio de la democracia, un sistema en el cual todo es válido como insumo para el debate y la posterior toma de decisiones respecto a cualquier tema.

El ilustre jurista alemán Rudolf von Ihering, muy conocido en los círculos del derecho en Ecuador, en su obra “La lucha por el derecho”, plantea precisamente la necesidad de respetar esta construcción cultural desarrollada a lo largo de la historia a través de la reivindicación legal, afirmación que debe ser comprendida como el esfuerzo permanente por respetarlo y hacerlo cumplir, lo que consagra la virtud ciudadana por excelencia que es la observancia del ordenamiento jurídico, sistema concebido por todos para que convivamos en paz.

Para concluir, cito el pensamiento de Immanuel Kant cuando propone que una acción es moralmente buena no por las consecuencias que produce, sino cuando se realiza por deber, bajo el siguiente imperativo: “Obra solo según aquella máxima por la cual puedas querer al mismo tiempo que se convierta en ley universal”.

La virtud ciudadana por excelencia es el respeto del derecho que es el sistema concebido por todos para que convivamos en paz»

La democracia —como regla fundamental para procesar las diferencias— debe ser cuidada, respetada y honrada de manera estricta. Debemos luchar por ella porque ahí nos encontramos todos. (O)


Immanuel Kant, filósofo alemán (1724 – 1804). El imperativo categórico como concepto de la ética universal es una sus contribuciones más relevantes. / Foto: Internet

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