Infierno

Trescientas hectáreas del cerro Casitagua cercano a Quito, son polvo y cenizas hoy. La magnitud del flagelo fue monstruosa y un esfuerzo heroico de bomberos, ejército y voluntarios, lograron por fin apagarlo. Vehículos especiales para estos siniestros, helicópteros con misión de tirar grandes cantidades de agua, motobombas gigantes y más, se unieron con un sentimiento de humanidad y valentía de mucha gente y más voluntarios, que, sollamados y negros de hollín, lucharon en desigual pelea ante llamaradas de pajonal y árboles viejos que, prendidos como teas, se venían abajo. Aplausos enormes merecen aquellas mujeres, ancianas algunas, que traían solidarias un bocado de comida y agua fresca para ayudar a la legión de valerosos luchadores contra el flagelo.

Se dan frecuentemente estos incendios forestales y vale la pena tratar de llegar al porque de su inicio. Muchos desaprensivos, queman basura o hacen fogatas de camping que las dejan encendidas luego de sus actividades de aire libre. Pero, creo y que muchas veces, son provocados por psicópatas y pirómanos, que sienten el impulso y frenesí en su perturbado interior, con las lenguas danzantes del fuego que les transportan a gozar de todo esto sin pensar en lo más mínimo en la destrucción que producen y de la muerte de personas calcinadas y miles de animalitos, grandes y pequeños, que tienen en el cerro su hábitat y vida.

Muy difícil dar con ellos, pues luego de su arrebato y de saciar su impulso patológico, se alejan a ver su obra maestra mientras el infierno se expande. La ciudadanía, e incluso familiares, estarían en el deber de denunciarlos y pedir ayuda psicológica para los amigos del fuego enfermizo, que llegan a causar tanta desgracia.

Dada la magnitud del desastre, cabe proponer que guardaparques bien entrenados y equipados, patrullen estas montañas constantemente y detengan o investiguen las actividades de quienes están por los pajonales. Todo comienza y termina con lo económico, claro, pues todo un equipo de miembros especializados y maquinarias, incluyendo helicópteros o drones de vigilancia, son muy onerosos. Ante lo frecuentes y grave de estos siniestros, debemos implementarlos. En este episodio, el fuego fue lindero ya, de casas cercanas y no debemos esperar desastres futuros dolorosos para organizar los controles efectivos y drásticos contra personas desaprensivas o maniáticos pirómanos. (O)

Dr. Aurelio Maldonado

Dr. Aurelio Maldonado

Médico otorrinolaringólogo. Profesor universitario. Presidente de varias instituciones y de Congresos. Escritor.
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