Hay palabras que utilizamos con demasiada facilidad. Una de ellas es estupidez. La pronunciamos para señalar al otro, como si nosotros estuviéramos a salvo de ella. Tal vez por eso resulta tan cómoda: nos permite atribuir a los demás aquello que también habita, en alguna medida, en nosotros. Pero encierra una paradoja inquietante: ¿cómo es posible que personas académicas, educadas e inteligentes puedan actuar de manera absurda, perjudicial e irracional?
Desde mi modesta interpretación, la estupidez no consiste necesariamente en no saber, sino en no utilizar adecuadamente aquello que sabemos. La inteligencia puede llevarnos a descubrir, crear y transformar; pero también puede ponerse al servicio de nuestros prejuicios, pasiones y certezas equivocadas.
Entonces ocurre algo terrible: la inteligencia deja de buscar la verdad y se convierte en instrumento para justificar el error. Lo vemos con frecuencia en la política, cuando sociedades enteras, aun conociendo la historia y sus consecuencias, vuelven a confiar en quienes ya demostraron su incapacidad o hicieron daño al país.
Quizá por eso necesitamos volver la mirada hacia la filosofía antigua. No para vivir en el pasado, sino para aprender a vivir mejor el presente. Una civilización puede avanzar extraordinariamente en ciencia y tecnología y, al mismo tiempo, retroceder en sensatez, prudencia y humanidad.
En mis sutiles lecturas encuentro una distinción griega sugerente: agnoia, el no saber; y amathia, la incapacidad o negativa para aprender. La diferencia es enorme: El que no sabe puede aprender, y, el que cree que ya sabe puede cerrar para siempre las puertas del aprendizaje.
Robert Musil, en su célebre conferencia Sobre la estupidez, 1937, reflexiona sobre la relación entre inteligencia, educación, sentimientos y estupidez. Da cuenta de que hay una forma particularmente peligrosa de estupidez: la del hombre inteligente que utiliza su inteligencia para defender aquello que debería tener la humildad de revisar.
Ese hombre no carece de argumentos; tiene demasiados. Puede construir explicaciones y justificar casi cualquier cosa. Su inteligencia ya no busca tener razón: busca defenderla. Tal vez allí se encuentre una de las raíces del fanatismo: político, religioso, deporte, amor y nuestras relaciones más íntimas. Porque el fanatismo no siempre nace de la ignorancia, a veces nace de una certeza demasiado grande.
Por eso, con los años, he llegado a pensar que la verdadera inteligencia no consiste solamente en saber mucho, sino en conservar la capacidad de dudar de nosotros mismos: El ignorante puede aprender, el inteligente puede equivocarse, el sabio sabe que puede estar equivocado, y, el verdaderamente peligroso es quien posee inteligencia suficiente para comprender, pero carece de humildad para reconocerlo. (O)









