El mar

Nos dice Jorge Luis Borges, ese enorme escritor argentino, en uno de sus poemas: «El incesante mar que en la serena mañana surca la infinita arena». Con estos versos podemos adentrarnos en la infinitud del mar. Cuando uno tiene el privilegio de contemplarlo, puede apreciar esa grandeza que se torna incesante y que nos permite intentar abarcarlo en toda su inmensidad. Cualquier adjetivo que describa al mar será insuficiente para destacar que esas aguas constituyen una realidad que atraviesa y rodea la Tierra, en toda su grandiosidad e inmensidad.

Toda ponderación resulta insuficiente para describir al mar, y constituye un privilegio poder visitarlo y aprehender esa maravillosa realidad.

Frente a su contemplación, surge la inquietud ante su inmensidad, que nos cautiva y nos permite apreciar su grandeza. ¡Cuántos escritores han hablado sobre el mar sin alcanzar a ponderar plenamente su belleza y su infinitud!

«¡El mar! ¡La mar! ¡El mar! ¡Solo la mar! ¿Por qué me trajiste, padre, a la ciudad? ¿Por qué me desenterraste del mar?», nos canta el poeta de Cádiz, Rafael Alberti.

Y Pablo Neruda nos dice: «Necesito del mar porque me enseña: no sé si aprendo música o conciencia; y no sé si es ola sola o ser profundo, o solo ronca voz o deslumbrante suposición de peces y navíos».

Pues sí, el mar y su inmensidad nos llevan a pensar en su infinitud, a recrear su enorme belleza y a valorar el increíble misterio que se desprende de lo más profundo de sus aguas. (O)

Dra. María Eugenia Moscoso

Dra. María Eugenia Moscoso

Doctora en Comunicación y Literatura, Pontificia Universidad Católica del Ecuador, Quito. Profesora jubilada en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Cuenca.