El reciente resultado electoral en Ecuador, donde la opción del “No” se impuso en la consulta popular, ha generado un interesante debate sobre la percepción de riesgo y la respuesta de los mercados. Más allá de las lecturas políticas, conviene reflexionar sobre lo que este comportamiento revela acerca de la relación entre estabilidad institucional y confianza económica.
El riesgo país, ese indicador que mide la capacidad de un Estado para honrar sus compromisos financieros, no solo depende de cifras macroeconómicas; también se alimenta de expectativas. En este caso, los inversionistas parecían temer más a la posibilidad de una Asamblea Constituyente que al rechazo de las reformas propuestas. La reacción moderada de los mercados tras el triunfo del “No” sugiere que, para los actores financieros, la preservación del marco institucional vigente es preferible a escenarios de redefinición total.
Esta situación invita a reflexionar sobre un principio clave: la economía necesita reglas claras y previsibles. Cuando los marcos normativos se perciben como estables, las decisiones de inversión fluyen con mayor confianza. Por el contrario, la incertidumbre prolongada, aun cuando se presente bajo la promesa de “refundación”, suele traducirse en cautela, primas de riesgo más altas y menor dinamismo económico.
El desafío, entonces, no radica únicamente en aprobar o rechazar reformas, sino en construir consensos que fortalezcan la institucionalidad y generen certidumbre. Solo así podremos garantizar un entorno estable que inspire confianza en todos los actores. La competitividad de un país comienza con la solidez de sus acuerdos y la visión compartida de futuro. (O)
@mpiedra0768









