Verde, blanco y azul

Esa mañana madrugamos con entusiasmo. Teníamos que estar dos horas antes de nuestro vuelo en el aeropuerto. Volamos sobre nubes algodonosas y un cielo azulísimo. Cuando el piloto anunció que descendíamos hacia nuestro destino, por la ventanilla vimos que nos acercábamos a un mar azul intenso.

Una vez en tierra firme, nos subimos a una lancha que nos trasladó por el canal de Itabaca hacia la isla de Santa Cruz. 

Luego de registrarnos en el hotel, caminamos por el malecón donde un lobo marino cachorro seguía a su madre para que le diera de comer. Finalmente, ella se acostó panza arriba y él empezó a mamar. Conocimos un rancho de tortugas gigantes en donde conviven, en completa armonía, con caballos y vacas. Apreciar a los animales de cerca, en su hábitat, me dejó una sensación de paz. Bajo tierra, un túnel milenario de lava se llenó de ecos de voces y pisadas. No me atreví a cruzarlo. Mientras esperé en la superficie a que todos salieran, caminé por un sendero cubierto de hojas secas y crujientes: el único sonido que se escuchaba en el gran bosque húmedo.

Por las noches, en el puente del malecón, observábamos nadar a tiburones pequeños y peces en medio de un mar iluminado. Los manglares verdes, la arena blanca, tan fina como la harina y el mar de un azul profundo, están pintados en la bandera de Galápagos. 

En una de sus playas, mientras buscaba un lugar sombreado para descansar, vi un manglar grande con sus ramales extendidos. Bajo su sombra dormían tres patos cariblancos sobre una sola pata, uno al lado del otro y con el cuello enroscado hacia atrás. Lucían inmóviles. Me sobrecogió aquel momento único, de intensa calma. Un nudo se instaló en mi garganta. El sonido suave de las olas a mis espaldas rompía aquel silencio místico. Luego de unos segundos, los tres desenroscaron su cuello y se acomodaron sobre sus dos patas. Quedé enamorada de su cara bicolor, su plumaje con manchitas cafés y sus picos azul oscuro. Se retiraron corriendo y me cedieron su lugar. A lo lejos, unas cabezas oscuras y pequeñas nadaban hacia la orilla. Cuatro iguanas prehistóricas emergieron del agua. Se recostaron sobre la arena.

De regreso, me interné en un camino angosto. Tenía muros de piedra volcánica que susurraban memorias tan antiguas como las mismas islas. Los rocé con mis manos. Siento que al tocar paredes de lugares nuevos que conozco, algo de ellos se queda conmigo.

Galápagos es un museo natural al aire libre. Un lugar fascinante en el que una simbiosis entre humanos y animales es un asunto cotidiano. Me sucedió algo que no había planeado: un pedacito de mi alma se quedó enganchado, allá, en ese asombroso archipiélago.(O)

Lcda. Bridget Gibbs

Lcda. Bridget Gibbs

Periodista y escritora. Norteamericana de nacimiento, pero cuencana de corazón. Radicada en Cuenca desde hace 45 años. Lleva una década colaborando con la página editorial de El Mercurio.
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