En el contexto navideño y de Año Nuevo, cuando abundan las felicitaciones y los deseos de paz, conviene detenerse a reflexionar sobre lo que realmente hacemos como miembros de una sociedad sedienta de tranquilidad. ¿Nos limitamos a anhelar la paz o somos verdaderos constructores de ella? ¿Contribuimos personalmente a crear ese ambiente, o esperamos pasivamente que llegue desde fuera, como un regalo del cielo o de la buena voluntad ajena?
La paz es una aspiración inscrita por el Creador en la conciencia humana y sostenida por su gracia. Es, sin duda, un don de Dios, pero también una tarea esencial del ser humano. La historia demuestra que no habrá paz si sólo nos contentamos con invocarla. El hombre, aunque marcado por la impronta divina, carga también con la concupiscencia; por ello, aun deseando la paz, provoca la guerra. Esto sucede porque cada uno tiende a identificar la paz con su propia tranquilidad, muchas veces sostenida en el silencio o la sumisión de los demás. Cuando todos reclaman esa misma tranquilidad, el conflicto resulta inevitable.
Santos, sabios y humanistas han recordado constantemente que la paz es fruto de la justicia, entendida como dar a cada uno lo que le corresponde; del amor, que implica donar y donarse para el bien del otro; de la verdad, que excluye segundas intenciones; de la solidaridad y del trabajo creador. En todos estos ámbitos, la contribución personal es imprescindible. Aunque no siempre se perciba, el esfuerzo de cada individuo es necesario para edificar una sociedad pacífica.
La Iglesia, fiel pregonera del Evangelio a lo largo de los siglos, ha insistido en este llamado a ser constructores de paz. Escritos de los Padres de la Iglesia, de teólogos, místicos y santos, así como los mensajes de los sumos pontífices, confirman esta misión permanente.
Con este objetivo, hace 59 años el papa Pablo VI instauró la Jornada Mundial de la Paz, celebrada cada primero de enero, como un llamado constante a la reflexión y a la acción. Desde entonces, los mensajes de los Papas por la paz no han cesado. Lo acaba de hacer también el actual Pontífice con el título: “hacia una paz desarmada y desarmante”, en el que se nos recuerda que la paz que quiere habitar en nosotros tiene el suave poder de iluminar y ensanchar la inteligencia y ser aliento de lo eterno. Mientras al mal se le grita “basta”, a la paz se le susurra “para siempre”. (O)










