Hoy, Groenlandia representa uno de los desafíos más complejos para la diplomacia contemporánea, marcando una transición desde el orden basado en reglas hacia una era de realismo basado en intereses estratégicos. El enfoque estadounidense por el Ártico responde a una convergencia que desemboca en su política de seguridad nacional.
Por un lado, Washington fundamenta su postura bajo la premisa de una emergencia nacional y, por otro, Europa y Dinamarca apelan al respeto a la integridad territorial y al derecho internacional. El diálogo mediador de figuras como el secretario general de la OTAN en foros como Davos busca evitar una ruptura irreversible. Sin embargo, el quid del asunto plantea una interrogante fundamental para el siglo XXI: ¿cómo afecta esta dinámica a la concepción tradicional de soberanía estatal?
Ante este escenario, la paz y la estabilidad exigen transitar hacia una negociación facilitada por actores neutrales. Una posible solución, al amparo del diálogo, reside en activar simultáneamente y de forma sostenida los canales de la diplomacia de «Track I», mediante cumbres oficiales que desvinculen la seguridad de las influencias unilaterales, y de «Track II», involucrando a académicos y líderes locales para explorar soluciones creativas fuera de la rigidez política.
El camino hacia una resolución estable requiere abandonar la lógica de suma cero por una fórmula de beneficio mutuo, donde la seguridad de uno no se construya sobre la vulnerabilidad del aliado. En tiempos de crisis, la diplomacia no debe ser el preludio de la ruptura, sino el espacio donde la voluntad de entendimiento convierta la complejidad del desacuerdo en un terreno fértil para la cooperación y el respeto mutuo. (O)










