CON SABOR A MORALEJA
Trump se acaba de cargar al Pablo Escobar de México, principal financista de la izquierda en ese país y quien organizaba las caravanas de migrantes que cruzaban hacia EE.UU. Si no tenemos presente esto, no estamos entendiendo nada.
López Obrador, en su afán de ser presidente, entregó a México en bandeja de plata al crimen organizado. Justo lo que hizo Correa en su gobierno. Hoy, Sheinbaum está pagando los platos rotos de la herencia criminal de su mentor. Hace apenas unas semanas, afirmó textual e ignorantemente que matar a narcos “es ir hacia el fascismo”. Ese precedente es clave para comprender que el fin de los “abrazos y no balazos” -el eslogan que acuñó AMLO para el trato a los narcoterroristas- fue sin su consentimiento.
Antes, cuando abatían a un narco, lo primero que hacían las autoridades era presumirlo ante los medios de comunicación. Pero ahora, cuando supieron que EE.UU. ordenó su captura, suponen que las mismas autoridades mexicanas lo eliminaron antes que entregarlo. Si lo capturaban, se levantaba en armas el cartel.
Qué curioso, el Mencho llevaba quince años gobernando México y nadie “sabía dónde estaba”. Esto deja al descubierto que el actual gobierno mexicano y los anteriores nunca lo quisieron tocar porque estaban coludidos con él. No hay coincidencias en estos temas. Les dio miedo cuando vieron que Trump sí fue por Maduro y que hablaba en serio. Lo difícil no fue encontrar y matar al Mencho, lo difícil va a ser recuperar el control del territorio y las instituciones.
El tiempo le dio la razón a Felipe Calderón quien combatió al crimen organizado siendo presidente de México en el 2006. Cuando dijo que la estrategia para combatir a los narcos era enfrentarlos, AMLO y su gente se burlaron de él y lo llamaron criminal. Calderón tuvo razón en decir que López Obrador era un peligro para su país.
Lo que sucedió me deja claro el mensaje inequívoco que Estados Unidos envió al mundo: que los carteles serán objetos de cero tolerancia.
El México de hoy es el que construyó López Obrador y que tristemente vive las consecuencias de los “abrazos y no balazos”. Analistas políticos y ciudadanos le reiteraron, en su momento, que no era una buena idea; pero ni él ni sus feligreses lo entendieron. Convenientemente se volvieron sordos, ciegos y mudos.
¿Con esto por fin van a aceptar que los narcos son terroristas con quienes jamás deben abrazarse? (O)








