Tres días antes de la fiesta de la Pascua se consuma el holocausto del juicio más perverso que haya conocido la humanidad: la muerte de Jesús. Sus últimas palabras, recogidas en el Evangelio según san Juan (19, 30), fueron: “Todo está cumplido”, dando a entender que había obedecido hasta el final la misión para la cual fue enviado por el Padre: dar la vida por la salvación de la especie humana.
Nuestra cultura se sustenta fundamentalmente en la tradición católica; pero, más allá de esta directriz espiritual, el juicio instaurado contra Jesucristo constituye una fuente inagotable de reflexión para cualquier credo, e incluso para quienes no profesan ninguno. La infamia de aquel proceso —erigido contra un Hombre limpio para saciar el odio, la venganza y la envidia— hasta desembocar en el más espeluznante crimen, fue también el presagio de lo que la historia repetiría innumerables veces hasta nuestros días.
La grandeza de Dios se manifestó en su humildad. A pesar de su poder —capaz de obrar prodigios como la resurrección de Lázaro— jamás quiso erigirse por encima de nadie. No buscó el aplauso ni la gloria de las multitudes, ni pretendió perpetuarse en el poder de este mundo. Solo una vez estuvo por encima de los seres humanos: en el Gólgota, cuando fue levantado en la cruz. Pero aquella altura no fue de dominio, sino de humillación; no fue de gloria terrenal, sino de dolor y vergüenza ante los ojos de las generaciones.
Jesús fue juzgado, mancillado y torturado por cuatro instancias, representadas en cuatro personajes sometidos al instinto del THÁNATOS y a sus pasiones subsidiarias: odio, venganza, traición, felonía, truhanería, envidia y celos. Estos personajes fueron Anás, Caifás, Herodes y Pilatos: cada uno eslabón de una cadena de injusticia que condujo al suplicio final.
Ciertamente, la historia humana cambia de rostros y de escenarios, pero no siempre de pasiones. Las ambiciones, los resentimientos y las intrigas suelen reaparecer bajo nuevos nombres y con nuevos disfraces. Con demasiada frecuencia resurgen los Anás, los Caifás, los Herodes y los Pilatos de cada época, dispuestos a sacrificar la verdad en el altar de la conveniencia y del poder.
Y, sin embargo, por encima de esos tribunales pasajeros de la política y de la historia, permanece la fuerza silenciosa de la verdad. Porque los imperios de la mentira pueden alzar su voz por un tiempo, pero tarde o temprano la conciencia de los pueblos termina por reconocer quiénes juzgaron injustamente… y quiénes fueron, en realidad, los verdaderos juzgados por la historia. (O)




