Pido, con íntima reverencia, permiso al autor de “Permiso para vivir” y “Permiso para retirarme”, a fin de tomar prestado el aliento de su palabra y transformarlo en este humilde Permiso para relatar. Han transcurrido ya algunas semanas desde su partida y, sin embargo, la noticia sigue gravitando y habitando en silencio. Fue una muerte previsible frente al cáncer que lo fue apagando y que le negó el gesto final de cerrar su obra autobiográfica.
Me refiero a Alfredo Bryce Echenique, voz imprescindible de la narrativa hispanoamericana, que se despidió a los 87 años, apenas un suspiro de tiempo después de la partida de su ilustre compatriota Mario Vargas Llosa. Queda, en ese doble vacío, la sensación de que una época se repliega, de que ciertas palabras comienzan a decirse desde otra orilla.
Siendo apenas un curioso del arte de las palabras, y habiendo leído pocas novelas —muchas por sugerencia, incluso por exigencia de maestros de colegio y universidad—, he admirado a varios autores y he tenido la fortuna de conocerlos a algunos de ellos, como los peruanos Mario Vargas Llosa y a quien honro en esta columna, autores de “La ciudad y los perros” y “Un mundo para Julius”, respectivamente.
Al primero lo escuchamos en el auditorio del Banco Central del Ecuador, sucursal en Cuenca. Eran tiempos en que el país atravesaba una efervescencia ideológica de izquierda que, en sus inicios, despertó expectativas, pero que luego derivó en prácticas autoritarias y en la exaltación del poder personal. Por ello, más que hablar de literatura, el novelista se refirió a la ideología que había abandonado y a la que defendía con vehemencia.
En uno de los encuentros sobre Literatura Ecuatoriana y Latinoamericana “Alfonso Carrasco Veintimilla”, llegó el escritor peruano para ofrecer una conferencia en el auditorio de la Municipalidad de esta ciudad. La sala estuvo repleta, más por el deseo de conocerlo que por anticipar sus palabras. Estaba previsto un tiempo limitado, pero su intervención fue tan amena y deslumbrante que se extendió tres veces más de lo programado, sin que nadie abandonara su asiento; por el contrario, los aplausos se sucedían sin cesar.
Antes de partir a su posgrado en Zaporiyia, mi primogénito pasó por Lima para gestionar su visa. En una librería encontró “Permiso para vivir. Antimemorias 1” y me lo dejó como un regalo entrañable. Desde entonces, cada vez que lo extraño, vuelvo a sus textos que ofrecen una imagen reinventada de la vida, y en ellas encuentro consuelo, sentido y la esperanza intacta de volver a abrazarlo. (O)








