Hay una preocupación que ya no se puede matizar. La salida de articulistas de Diario Universo, los procesos administrativos y judiciales que presionan al Grupo Granasa, no pueden ser analizados solo desde la retórica, o como si fueran hechos aislados. Es evidente que inciden en las salas de redacciones, en la voz de periodistas, de directivos que están viendo cómo se estrecha el espacio para trabajar con normalidad. Que el periodismo se pueda hacer con tranquilidad, sin presiones, debería ser característica indispensable en cualquier democracia. Hoy ya no lo es. Lo que aparece es otra cosa: asfixia. Una palabra dura, pero precisa para describir lo que está pasando cuando la presión no solo busca incomodar, sino incluso desaparecer o intervenir medios.
Lo que está en juego no es un negocio privado más. Es un servicio que incide directamente en la posibilidad de que la gente tome decisiones informadas. Por eso preocupa cuando se silencian voces o cuando, como se ha visto, se presiona hasta cambiar líneas editoriales. Nadie puede negar que eso ha ocurrido. El resultado es evidente: menos matices, menos contraste, menos capacidad de incomodar. La literatura sobre sistemas mediáticos advierte con claridad: cuando la conversación pública se vuelve monotemática, el principal perjudicado es el ciudadano. De ahí al autoritarismo hay muy poca distancia.
Hay además un elemento que se repite en distintos casos y es que no hace falta cerrar un medio para controlarlo. La intervención puede venir por la vía económica, por la pauta, por la presión institucional. Puede implicar la captura de una sala de redacción o el desplazamiento de periodistas. Varias organizaciones internacionales como Reporteros Sin Fronteras, la Relatoría de Libertad de Expresión de Naciones Unidas y el propio índice Chapultepec han advertido sobre estos mecanismos en la región. Ecuador ya fue ubicado en un nivel de “alta restricción”. Síntoma de la fragilidad de nuestro sistema medial.
Y, sin embargo, hay un límite que no depende del poder. Se puede intentar ordenar la conversación, instalar una idea de país, repetirla en múltiples plataformas. Pero la gente no vive en la narrativa, vive en los hechos. Cuando ese relato no tiene correlato con la experiencia cotidiana -la inseguridad, la falta de servicios, la incertidumbre- la distancia se hace evidente. El problema es que para cuando eso ocurre, el daño ya está hecho: no solo a los medios, sino a la confianza. Y sin confianza se deteriora la base misma de la democracia. (O)
@avilanieto










