Knut Nicolaus, el reconocido restaurador alemán contó una experiencia que el mismo la llamó determinante: El propietario de una importante colección de obras de arte que había heredado, se burló del trabajo cuidadoso, metódico y para él oneroso, de una reconocida restauradora, que se encargaba de vez en cuando de la restauración de sus cuadros. Contó orgulloso que había hecho “entelar” una obra de Frans Hals (s. XVI) a un “restaurador” que iba de casa en casa, quien aplicó cola blanca en el dorso, extendió un lienzo a manera de forro interior y la pisoteó con los pies, hasta que la cola secara. Para eliminar el barniz cubrió todo el cuadro con una especie de pasta y al cabo de un cierto tiempo la retiró con éste. Tanto para el profesor Nicolaus, como para nosotros, no impresiona mucho la catástrofe tan común en ciertos lugares, si no que haya coleccionistas de grandes obras que sean capaces de presumir semejante temeridad. En una ocasión en los años del siglo pasado ’90 vimos en una iglesia, una serie de esculturas a las que se les había blanqueado como si fueran mimos. Como ésta, podríamos llenar un libro de historias que hemos podido encontrar en el camino de nuestra profesión, tan hermosa pero tan poco valorada y mucho menos reconocida. Recordemos que, hace exactamente 30 años nació en Cuenca la Escuela de Restauración de Bienes Muebles, con pocas promociones, no obstante, superó el centenar de egresados. Es decir que, en la ciudad hay Restauradores que estudiaron y se prepararon con rigor y profesionalismo, desconocemos si la mayoría consiguió trabajo en la profesión, o la desilusión les llevó por otros caminos, por lo difícil de los públicos y clientes. Lo cierto es que, se sigue confiando en el empirismo, mientras no se vea lo que es Restaurar el Arte. (O)







