El crecimiento sostenido de la desaprobación al presidente Daniel Noboa está reduciendo la efectividad de una estrategia política basada en la confrontación, particularmente en el anticorreísmo, y empieza a presionar al Gobierno hacia un ajuste en su rumbo si quiere sostener viabilidad política y electoral.
Las mediciones disponibles no son idénticas en metodología, pero convergen en una tendencia. La aprobación se ubica entre el 31 % y el 47,7 %, mientras que la desaprobación oscila entre el 45,3 % y el 69 %. Los niveles negativos siguen siendo superiores a los positivos. No se trata de una variación puntual, sino de un comportamiento que se repite en distintas mediciones.
La aprobación y la desaprobación funcionan como una medida de legitimidad percibida. No determinan por sí solas la capacidad de gobernar, pero sí condicionan el margen de acción. Un gobierno con respaldo puede sostener decisiones complejas, administrar conflictos y proyectar estabilidad. En cambio, cuando la desaprobación se consolida, cada decisión es más costosa, la credibilidad se vuelve más frágil y se reduce la capacidad de sostener una narrativa política.
Esto es especialmente relevante en contextos donde la estrategia de posicionamiento se apoya en la confrontación. Ese tipo de narrativa suele tener rendimientos altos en campaña, pero enfrenta límites en la gestión. A medida que se acumulan decisiones, resultados y percepciones sobre problemas estructurales -como la inseguridad o la corrupción-, el voto o el respaldo dejan de organizarse solo en torno al rechazo a un adversario y empiezan a exigir resultados propios.










