Una de las tantas frases no confirmadas que se le atribuyen a Mark Twain, dice que, preocuparse es como pagar una deuda que no se tiene. No sé si es un tema cultural, pero siento que a diario pagamos una cantidad de deudas inexistentes.
Nos anticipamos a problemas que aún no existen. Imaginamos escenarios que no han ocurrido. Ensayamos conversaciones, errores, pérdidas, desenlaces posibles. Y en ese proceso, reaccionamos como si todo eso ya estuviera pasando. Sin darnos cuenta, pagamos por adelantado.
Lo curioso es que, desde el punto de vista del cerebro, esa anticipación no es tan inofensiva como parece. Cuando imaginamos una situación negativa, el cuerpo puede activar respuestas muy similares a las de un evento real: tensión, alerta, estrés. No hace falta que algo ocurra para empezar a sentir sus efectos, basta con pensarlo.
En ese sentido, la preocupación no solo es anticipación, es experiencia adelantada. Vivimos en presente algo que pertenece a un futuro que, con frecuencia, nunca llega. Y, aun así, dejamos que la imaginación recorra esos caminos tristes, trágicos o conflictivos.
Cierto es que hay que prepararse y prevenir, pero dejar que el pesimismo nos posea no nos prepara, nos amarga. Podemos convencernos de que estamos resolviendo algo, cuando lo único que hacemos es incomodarnos sin motivo.
Como si insistir en determinado pensamiento hipotético fuera una forma de control, pero no lo es. Porque, al final, la mayoría de esas deudas nunca se cobran. Y, sin embargo, ya las pagamos.
Ojalá podamos reconocer cuándo nuestros pensamientos dejan de ser útiles y empiezan a convertirse en carga. Porque no todo lo que anticipamos merece nuestra energía. Y no todo lo que imaginamos necesita ser vivido antes de tiempo. (O)
@ceciliaugalde




