A mi madre… y a la tuya

Hoy que todo se somete a discusión y relativización, persiste una verdad que resiste a cualquier intento de duda: el amor de una madre. No se trata de una idea abstracta ni de un concepto elaborado; es, más bien, una experiencia originaria, una forma primaria de certeza que antecede incluso al lenguaje.

Sin embargo, en el corazón de esa relación esencial se aloja una paradoja inquietante: mientras el amor materno tiende a manifestarse como incondicional, el de los hijos suele estar atravesado por condiciones, olvidos y, a veces, distancias. Esta asimetría no solo interpela la memoria afectiva, sino también la conciencia moral.

Hablar de mi madre es, en cierto modo, hablar de la tuya. En ese gesto se revela algo más amplio: el reconocimiento de todas las mujeres que han hecho de la maternidad una forma silenciosa de trascendencia. Su entrega carece de estridencia; su sacrificio no busca ser nombrado. Hay en ellas una permanencia discreta que se instala en lo más profundo de la experiencia humana.

Las madres, en su aparente sencillez, poseen una comprensión intuitiva de la vida. Saben que el porvenir de sus hijos se juega, en gran medida, en la educación. Por eso insisten, corrigen, esperan. Lo hacen sin garantías, sin cálculos visibles, confiando en una temporalidad que no siempre les pertenece.

Recuerdo una frase de mi madre, repetida con la naturalidad de quien no pretende sentar doctrina: “Hay que ser alguien en la vida, con esfuerzo y dignidad”. Con el tiempo comprendí que no aludía al reconocimiento externo, sino a una exigencia más radical: la coherencia entre lo que se es y lo que se hace, la fidelidad a una forma de rectitud que no depende de la mirada ajena.

También la fe formó parte de su enseñanza, no como imposición, sino como horizonte. En ella había una disposición frente a la adversidad, una manera de habitar el dolor sin quedar reducido a él. Más que un conjunto de creencias, era una actitud ante la existencia.

Hoy, cuando el tiempo ha decantado los recuerdos y les ha dado otro espesor, resulta evidente que el amor de una madre no necesita explicación. Se manifiesta en los gestos mínimos, en la constancia silenciosa, en una presencia que persiste incluso en la ausencia.

Benditas sean las madres presentes y las ausentes, las que aún nos acompañan y las que habitan en la memoria. Olvidarlas no es solo un descuido afectivo: es una forma de extravío. ¡Quien se aparta de su madre, se aparta también de sí mismo! (O)

Dr. Edgar Pesántez

Dr. Edgar Pesántez

Médico-Cirujano. Licenciatura en Ciencias de la Información y Comunicación Social y en Lengua y Literatura. Maestría en Educomunicación y Estudios Culturales y doctorado en Estudios Latinoamericanos.