Nos levantamos y lo primero que hacemos es mirar el celular. Antes de salir de casa, ya revisamos mensajes, noticias, redes. Sin darnos cuenta, el día empieza con la atención fragmentada. Y así continúa.
Estamos en una conversación, pero también pendientes de una notificación. Trabajamos, aunque nos distraemos constantemente con la pantalla. Comemos, pero casi nunca sin algo que nos distraiga. Todo ocurre al mismo tiempo, y nosotros intentamos estar en todo, aunque en realidad no estemos completamente en nada.
La distracción se volvió parte de la rutina. Ya no incomoda, ya no sorprende. Es normal no terminar una idea, no escuchar del todo, no concentrarse más de unos minutos seguidos. Nos acostumbramos a vivir así: con la mente ocupada, pero no necesariamente enfocada.
Y lo más curioso es que sentimos que hacemos mucho. Terminamos el día cansado, como si hubiéramos sido productivos, aunque muchas veces lo que hicimos fue simplemente cambiar de tarea una y otra vez. Saltamos de una cosa a otra, sin pausa, sin profundidad.
Tal vez el problema no es la falta de tiempo, sino la forma en la que lo usamos. Tal vez no estamos tan ocupados como creemos, sino demasiado dispersos. Porque al final del día, entre tantas distracciones, se nos escapan los momentos simples, las conversaciones reales, el descanso de verdad.
Y sin darnos cuenta, vivir se nos vuelve algo que pasa mientras estamos mirando otra cosa. (O)




