Hace algunos años mantuve una conversación con un funcionario sanitario de nacionalidad belga. El tema tenía que ver con los actos de corrupción presentes en muchos países y, al hablar de nuestro país y de sus realidades, él me decía que en Bélgica también existía mucha corrupción tanto a nivel de funcionarios estatales como a nivel de personas naturales, la diferencia con el Ecuador radicaba en que allá, ciudadano que era descubierto infringiendo la ley, ciudadano que era juzgado con absoluto apego a la ley y sin miramientos de ninguna especie.
Definitivamente, y en esto parecen coincidir “tiros y troyanos”, la mejor promoción para que los actos de corrupción crezcan y se multipliquen al interior de una sociedad, es la impunidad, es decir, aquella lacra social que, perfectamente concatenada por los operadores de la justicia, van minando día a día la transparencia de los procesos judiciales y convirtiendo las decisiones de los jueces en una zona maloliente y tenebrosa.
La semana pasada, y luego de una serie de increíbles vicisitudes, fue posesionada como presidenta del Consejo de la Judicatura la doctora Mercedes Caicedo Aldaz, magistrada con una amplia trayectoria dentro de la administración de justicia y, desde ahora, responsable del manejo de “la administración y disciplina” de la función judicial, a través de su organismo pertinente, el Consejo de la Judicatura. No conozco de las características de la flamante funcionaria, pero deseo fervientemente que le vaya de lo mejor en tan delicada como crucial tarea. Que sepa la doctora Caicedo que hablemos muchos, muchísimos ecuatorianos, que vamos a poner nuestra confianza en ella y que todo paso que ella dé, tendiente a mejorar la administración de justicia, contará con el respaldo irrestricto de quienes, no sentimos ninguna atadura ideológica ni partidista, sino un arraigado compromiso de Patria.
Que los malos jueces, aquellos de los habeas corpus con “piola”, o aquellos ricos de la noche a la mañana, o aquellos fugados, o aquellos con escarapelas partidistas, se vayan quedando en el olvido y dando paso a una administración de justicia digna y respetable. Un reto y una oportunidad, doctora Caicedo. (O)


