La otra fiebre del Mundial

La fiebre por el Mundial de Fútbol eleva la temperatura del consumismo. Toda la publicidad es elaborada para despertarlo, para que sobrepase los límites de la psiquis.

El futbol no únicamente es el rey de los deportes. También es la maquinaria que mueve y produce miles de millones de dólares, amén de ser parte del juego geopolítico, de elemento distractor para sonsacar a los pueblos, de becerro de oro alrededor del cual gira la alta nata del empresariado. 

Es el otro opio del pueblo que olvidó señalar Karl Marx, seguramente porque en su tiempo no había el fútbol.

¡A la cancha se ha dicho! 

No hace poco, un vecino preguntaba a otro si ya compró el nuevo televisor para ver el Mundial; para ver a “nuestros negritos” jugando ante Alemania, Costa de Marfil y Curazao; y si la suerte les acompaña, clasificando a la otra fase del torneo.

No hay plata respondió el otro. Su contertulio le sugirió que ya venden televisores de alta gama a precios bajos; que podía comprarlos ahora y comenzar a pagar dentro de seis meses, y en cuotitas que “ni se sienten”.

Lo cierto es que en estos días hay un “boboandeo” publicitario para vender esos artefactos. Y hay que gente que se deja atrapar y, de donde no tiene, saca dinero para comprarlos aun teniendo dos o tres en casa. 

Mas claro, se endeuda. La tarjeta de crédito aguanta todo. Después verá qué hacer.

La semana anterior, una niña de séptimo año de básica prometía a su hermana arreglarle su dormitorio a cambio de cinco dólares semanales. 

¿Y para qué? Pues para comprar los cromos y llenar el álbum del Mundial.

Este es otro ítem invasivo del torneo. Dónde no hablan sobre el álbum. Hasta en las tiendas de barrio se ofrecen. Y todos, todos están inquietados en este otro “gancho”, más claro, en este otro desangre de dinero.

Ya habrá llaveros, camisetas, gorras, réplicas de la Copa que se llevará el campeón. Ni qué hablar de los tours para llevar a futboleros y noveleros sea a México, Estados Unidos o Canadá, las sedes donde rodará la “bendita pelota”, donde bien puede “caerse el alma al piso”. 

Otros se aprestan a ir porque para eso hay las tarjetas que bancos y cooperativas se pelean por entregar a los que luego deberán tomar calmantes. 

Durante 39 días, gran parte del mundo vivirá hipnotizado; no importarán las guerras, la hambruna, ni las tonteras que harán los gobernantes.

Ojalá durante ese lapso, por estos lados, lobos, tiguerones, lagartos, choneros, los corruptos, se dediquen 24/7 a ver el Mundial y, de paso, paren los sicariatos, las “vacunas”, los asaltos, el narconegocio…

Si eso ocurre, ¡qué se prolongue el Mundial hasta el día del juicio final!

Lcdo. Jorge Durán

Lcdo. Jorge Durán

Periodista, especializado en Investigación exeditor general de Diario El Mercurio