Un niño de cabellos dorados pregunta con sinceridad – ¿Es que no es cosa seria averiguar por qué las flores pierden el tiempo fabricando unas espinas que no les sirven para nada? Cuando los campos pasan verdes por largo tiempo se aprecia que no haya sequía, hay contento por las fotosíntesis y clorofila, pero esto no quita la admiración y el gozo que se siente cuando asoman destellos blancos, morados, rojos, naranjas, rosas, azules, amarillos, y mucho más. Esas flores deslumbran a su brote y silenciosamente llega ese profundo anhelo por verlas perdurar.
El Principito hace reflexionar sobre cómo se dan por sentado muchos procesos en la vida. Incluso la misma admiración a alguien. Uno puede reconocer una flor, la más linda de todas. Cuidarla, regarla, protegerla. Sin embargo, un sinnúmero de ocasiones la flor encanta y ofrece todo sin pedir este mantenimiento. Por mera generosidad alegra los jardines, decora los parterres por los que se conduce, aviva los balcones y prados en los que se transita eventualmente o día a día. Están ahí, sin pedir mucho a cambio, y sus admiradores se desvanecen tras el paso de la novelería. Luego, cuando ya se ha marchitado, invade una ligera pena, y surge la añoranza por volverla a ver. Dice el niño: – “Mi flor perfumaba mi planeta, pero yo no sabía gozar con eso. La historia de garras y tigres que tanto me molestó debía enternecerme […] ¡La flor iluminaba mi vida! ¡No supe adivinar la ternura que ocultaban sus pobres astucias! ¡Son tan contradictorias las flores! Pero yo era demasiado joven para saber amarla.”
Las flores también se equivocan, como ésta en cuestión. Mostró orgullo ante el Principito, le reprochaba y le discutía todo cuanto podía, hasta el día en que lo vio partir. En ese momento aceptó su cariño y gratitud con el niño de cabellos dorados, y al mismo tiempo supo que, aun estando sola, saldría adelante, que era valiente, y que necesitaba de la visita de las orugas para llegar a ver a las mariposas. Que sus espinas, le servirían para defenderse de ciertos animales. Que sus miedos no pasaban de ser solo eso, miedos. Pues tal como respondió cuando se le dijo que los tigres no comen hierba, “Yo no soy una hierba.” Se había preparado para brotar y ordenar sus pétalos. Emanaba su aroma, daba luz a su entorno y empezaba a amar. (O)







