El interruptor de la luz está colocado en un lugar absurdo —detrás de la puerta, obligándote a contorsionarte en la oscuridad— y, tras un par de semanas de protestar en voz baja, terminamos por aprender el movimiento. Nos adaptamos al error. Dejamos de verlo.
Así, palabras más, procesos menos, poco a poco hemos construido un nivel de tolerancia equivalente con la gran institución invisible que habitamos: la sociedad.
Diseñamos una arquitectura de convivencia que mide y entiende el éxito por los niveles de agotamiento y reconceptualizamos la desconfianza como escudo térmico; claro, entre café y tertulia nos quejamos de estas dinámicas, pero las tratamos con la misma resignación con la que aceptamos la inundación, la sequía o el apagón.
Es justo aquí, ahora, ante este escenario gastado y agotador que el Design Thinking aparece como una nueva aplicación al tejido social. En su esencia, esta metodología no es más que un acto de rebeldía intelectual: la negativa a aceptar que el presente es la única versión disponible del futuro.
El Design Thinking como herramienta para rediseñar el contrato social, nos propone como primer paso practicar un nuevo modelo de empatía radical, esto implica sentarse a observar cómo camina un anciano o dónde se interrumpe la conversación en una plaza. La sociedad como institución se ha vuelto sorda porque diseño soluciones desde la suposición de lo que la gente quiere, en lugar de comprender lo que la gente realmente experimenta.
Transformar desde el Design Thinking significa aceptar que la sociedad no es un monumento de piedra que debemos contemplar con nostalgia o rabia, sino un lienzo para trazar nuevas posibilidades infinitas.
Las metas colectivas más urgentes emergen desde el centro de nuestro hoy, aquí, ahora: 1. reconstrucción de la confianza; 2. la salud mental comunitaria; y, 3. la resiliencia ante las crisis; solo se resolverán con comunidades comprometidas, empoderadas y dispuestas a entender que la innovación no es un asunto de tecnología, sino de humanidad en marcha. (O)




