Es evidente que, durante las últimas décadas, la relación entre profesores y estudiantes ha variado considerablemente. Se ha dejado atrás un enfoque vertical, basado en la autoridad y el miedo, para dar paso a uno más horizontal y abierto, sustentado en el respeto y en la generación de las condiciones necesarias para que el proceso de aprendizaje se desarrolle adecuadamente.
Sin embargo, en las aulas solemos concentrarnos más en los materiales, los contenidos que se transmiten y los mecanismos de evaluación, dejando en segundo plano a las personas que participan en el proceso educativo.
Con frecuencia, los estudiantes llegan a clase con dudas, preocupaciones o problemas asociados a la salud mental, entre otros factores. No obstante, muchos docentes prestamos poca atención a esas realidades y tendemos a asumir que, cuando un proceso de aprendizaje falla, ello se debe únicamente a la desidia, la falta de esfuerzo o la escasa motivación.
No se trata de reducir los estándares de evaluación ni de disminuir los contenidos académicos. Se trata, más bien, de promover un cambio de actitud que se traduzca en empatía y preocupación por el otro. Cada vez es más común encontrar cuadros de depresión, ansiedad, trastorno bipolar, esquizofrenia y otras condiciones relacionadas con la salud mental o con dificultades de aprendizaje.
En este contexto, las instituciones educativas deben generar respuestas ágiles y efectivas frente a esta problemática. No se trata de ceder ante la denominada “generación de cristal”, sino de procurar que los estudiantes asistan a clases en condiciones dignas y dentro de entornos seguros y empáticos.
Por ello, es necesario que los docentes cuenten con la capacitación suficiente para identificar señales de alerta, como cambios de actitud, variaciones en el desempeño académico o ausencias recurrentes. Como primera cara visible de los centros educativos, pueden desempeñar un papel fundamental al orientar a los estudiantes para que reciban la ayuda necesaria.
Es momento de comprender que las enfermedades asociadas a la salud mental no se solucionan con buenas intenciones, frases motivadoras o reprimendas. Deben ser tratadas con la seriedad que merecen por profesionales especializados que puedan brindar respuestas oportunas. Ello solo será posible mediante un cambio de actitud que nos permita ser más empáticos e inclusivos, tanto en el ámbito familiar como en el educativo. (O)
@andresmartmos








