Los ciudadanos solemos exigir planes de gobierno, obras y promesas de desarrollo. Todo ello es importante; sin embargo, nada puede sustituir la rectitud moral del aspirante. La experiencia demuestra que los pueblos pueden soportar errores administrativos, pero difícilmente prosperan cuando quienes los gobiernan convierten el servicio público en un mecanismo de enriquecimiento personal. La honestidad no garantiza por sí sola un buen gobierno, pero su ausencia constituye casi siempre la antesala de uno malo.
Esta exigencia adquiere especial relevancia en el ámbito político, más aún para quienes reciben la confianza de la ciudadanía. Por ello, la honradez no es una virtud accesoria, sino una condición indispensable del buen gobierno. Solo así el ejercicio del poder puede orientarse al interés común y no a beneficios particulares.
El gobernante Charles de Gaulle tenía una preocupación obsesiva por el manejo del dinero público. Nada que perteneciera al erario se destinaba a gastos personales. Si tomaba un café en el Palacio del Elíseo, lo pagaba con el presupuesto familiar. Su esposa compartía esa filosofía y la resumía en una frase memorable: “Todo lo que no es público es privado, y lo privado nos corresponde pagarlo a nosotros”. Aquello recuerda que el respeto no se compra con lujos financiados por el pueblo, sino con el peso del ejemplo.
En uno de sus exilios J. M. Velasco Ibarra se trasladaba a pie al trabajo de profesor. En viendo esto, el presidente de Colombia dispuso un automóvil como obsequio. Rechazó el regalo en pensar que sus compatriotas podrían suponer que se había enriquecido ilícitamente. Nunca sintió fascinación por el dinero, esa pasión que se ha convertido en la poesía de tantos mediocres de este tiempo. Tuvo debilidades como el afán de poder, pero lo buscó para servir y no para servirse de él. Vivió y murió en la pobreza.
A José Mujica lo llamaron “el presidente más pobre del mundo”, calificativo que él rechazaba al afirmar que no era pobre, sino austero, condición que le permitía ser libre. Vivió en su chacra junto a su esposa, su perrita Manuela, su viejo escarabajo y unas cuantas herramientas para trabajar la tierra, donando gran parte de sus ingresos a quienes necesitaban. El historiador y antropólogo Daniel Vidart lo calificó como un Quijote con disfraz de Sancho.
En las próximas elecciones evaluaré la honestidad, la coherencia y el comportamiento pretéritos del candidato, lo que implica juzgar sus hechos que ya pueden ser observados y contrastados; pues, el pasado revela lo que el discurso oculta. ¡Por él será mi voto! (O)









