Escribo estos renglones desde una casa de salud. En el transcurso de este miércoles confío en que me
den de alta para retornar a la Península, lugar de mi residencia.
Un viejo saber nos recuerda que, por desgracia, solamente nos percatamos de la salud cuando estamos enfermos.
Una afección pulmonar nos trajo a Guayaquil. Junto a mi esposa hemos resistido esa rara sensación de encontrarnos fuera de casa. Confío en que el mar con sus bondades, el hogar con su amor y las ganas de vivir sean combustible suficiente para llegar a octubre próximo para cumplir mis noventa y un años.
Todas estas confidencias, amigas y amigos de El Mercurio, las hago con la finalidad de pedirles algo que me
interesa decirles:
1. Se vive solamente una vez, si la desperdiciamos no hay vuelta atrás.
2. Toda dilación para protegerla es una actitud suicida. Un más luego puede ser demasiado tarde.
3. Cuidar de una enfermedad a su inicio es siempre menos costoso que cuando el mal ha hecho ya su hábitat en nuestros cuerpos.
Lo demás, lo sabemos. Nuestras vidas deben contar con un libreto de urgencias. Al César lo que es del César. Más luego puede ser demasiado tarde.
Escribo desde la clínica que me alberga. Tengo frente a mis ojos, en Guayaquil, el Cerro del Carmen con el monumento al Sagrado Corazón de Jesús, en cuyo mes estamos. Las antenas pueblan la cumbre y me recuerdan que más allá están los vericuetos de un universo que aún no balbucea paz y amor.
Es grato tener tiempo y un espacio para agradecer a Dios por la vida y las circunstancias que me acompañan.
Nada más por hoy. Nunca menosprecien la vida que fluye en sus venas. No dejen correr los días sin ton ni son. No somos desperdicios, somos hijos de Dios, reyes de la creación. (O)



