Noche de junio, frente a la ventana de mi habitación, el sol se oculta en el horizonte, en un árbol de pino los pájaros terminan de acomodarse en sus nidos, la tierra inicia un largo silencio, luego pienso y medito en el sentido de la vida actual.
Vivimos sobre el manto de un mundo diseñado para la competencia y el individualismo, donde ya no hay lugar para los grandes sentimientos.
La vida es amplia y libre por naturaleza, aún para quienes han levantado una barrera en torno a lo propio y lo del prójimo, aunque hoy, parece ser más oscura que una lúgubre prisión.
En la vida existe un valioso tesoro, que permanece muchas veces invisible para los demás, pero que el ser humano escucha en la profundidad de su alma, este es la fidelidad o la traición a lo que sentimos y pensamos, como un destino o una vocación que tenemos que cumplir.
El latido de una vida, exige un intersticio, y a través de él puede filtrarse por los muros del autoritarismo y la esclavitud, la dignidad, el amor a la libertad y a la democracia, la grandeza antes las adversidades, las alegrías simples, el coraje físico y la entereza moral; así como las grandes mareas se escurren aún en las represas más fortificadas.
Basta leer a esa gran MAESTRA de la humanidad que es la historia, para darnos cuenta de cuantos caminos ha podido abrir el hombre con sus brazos, cuanto ha modificado el curso de los hechos, con esfuerzo, con amor, valentía, y bajo un cielo de libertad, solidaridad, honradez y justicia.
La libertad nos fue destinada para cumplir una misión en la vida, y sin ella nada vale la pena; no debemos permitir que nadie nos la arrebate.
Las almas grandes creen en el poder de la verdad, la paz y la justicia, rechazan: la ignorancia, el servilismo, la corrupción y el autoritarismo.
El Hombre superior no es belicoso, está siempre tranquilo, pero no es orgulloso. El hombre inferior está siempre orgulloso pero intranquilo, pensando siempre en su comodidad y privilegios.
Si el hombre tuviera que vivir la vida como un poema, podría mirar el ocaso de la vida como el periodo más feliz, y en lugar de tratar de postergar la tan temida ancianidad debería esperarla con agrado y prepararse para vivir en ella el período mejor y más feliz de su existencia.
Vivimos en un mundo traspasado por la desdicha y el odio, en un planeta atosigante donde cada día zozobramos ante fuerzas abstractas que nos dominan; en un mundo que ha banalizado todo, hasta la vida.
El paraíso se halla en un corazón puro en el que tienen su estancia, el amor, la paz, la libertad, la justicia, la dignidad y la solidaridad humana.
Con vientos suaves y olas tranquilas se puede observar la verdadera condición de la vida humana; disfrutando de lo sencillo y hablando poco, se puede reconocer la verdadera raíz del corazón. (O)





