Hace unos días supe que está prohibido el uso de celulares en lugares públicos, es decir, que si yo tengo un celular debo abstenerme de usarlo en la calle, en los buses, comedores, negocios, centros educativos, etcétera. Esto no impide que, en lo privado, es decir, en el trabajo, en un estudio personal, pueda usarse el celular como una herramienta válida.
¿A qué se debe este cambio brusco de comportamiento general? Recuerdo que no hace mucho los buses recibían gente que tenía los ojos clavados en celulares de marcas variadas; nadie se miraba entre sí; semejaba un grupo de extraterrestres que no sabían cómo comunicarse con quienes estaban a su lado: tenían ojos que ya no veían. Sentados, o de pie, la mirada estaba clavada en un diminuto aparato que era dueño de su vista y de su atención. Hoy los espacios públicos han vuelto a tener vida, seres vivientes han regresado a mirarse y conversar.
Por qué este cambio brusco de comportamiento individual, pregunté a personas interesadas en lo que sucedía. Tuve algunas respuestas, me impresionó una. El gobierno ha establecido, luego de largos estudios, que la población ecuatoriana estaba perdiendo su capacidad de diálogo, que era incapaz de establecer una conversación por ser personas desconocidas; que era urgente restablecer canales de comprensión integral.
Una razón me llamó la atención. El decreto al que se alude en estos párrafos tiene, de manera especial, una urgencia cívica: Ecuador necesita volver a ser una población que se reconoce como tal, que tiene medios para comprenderse y vivir en comunidad.
En el decreto se exhorta a las familias a ejercer un control de suerte que entre sus miembros haya una comunicación frecuente, que los niños aprendan a conversar y quererse …. ¡Fue entones… que me desperté! (O)




