Desde que Jorge Glas se entregó a la justicia, fue juzgado, finalmente sentenciado, no por uno sino por varios casos de corrupción, no pocos se preguntaban por qué el exhombre fuerte del correísmo, el que comandó los sectores estratégicos por resolución expresa del Júpiter de la época, decidió ponerse un esparadrapo en la boca.
Más de medio Ecuador esperaba que Glas “vomitara” todo cuanto sabe, con santo y seña, para llevarse consigo a la cárcel a sus demás camaradas, si bien la mayoría disfrutaba de sus trapacerías en otros paraísos.
Eso lo hubiera permitido una posible rebaja de penas.
Acciones como esas, para las cuales se requiere de altas dosis de “verraquearía”, están ocurriendo en el bajo mundo de la delincuencia organizada a nivel internacional.
Como se dice a la ecuatoriana: “caigo yo, pero conmigo caen todos”.
Solo en las altas mafias se jura lealtad hasta la muerte, y con esta se paga cualquier traición por mínima que sea.
En ese mundo infernal, quien decide liberarse de ese pacto, o es asesinado en la cárcel, o lo pagan sus familiares con sus vidas.
Pero no. Eso no ha ocurrido, y Glas, tragándose lo que sabe, ve pasar su desgracia encerrado en una celda.
No le valieron asilos concedidos por quienes también huelen a azufre infernal; tampoco la nacionalidad otorgada por el que vive ahogado en humo, o por resoluciones de tinterillos nacionales.
Tal “señor”, para el correísmo es un mártir, el que carga una cruz de plomo, al que sus camaradas apenas le dan fuerzas desde lejos, susurrándole al oído: prohibido hablar.
Tras su deportación y posterior detención en Ecuador, José Serrano, ¿se decidirá a “vomitar” todo lo que sabe sobre el “reinado” del Júpiter de la época; de su “reinado” propio, ¿tenebroso para muchos, como ministro del Interior?
Hay que esperar que los cargos en su contra cuajen en la administración de justicia. En uno de ellos, en el que se investiga el asesinato de Fernando Villavicencio, Fiscalía lo acusa de ser parte del complot. El juez dispuso su detención.
¿A quiénes les interesa que Serrano no llegue a hablar; que no colabore con la justicia como quien logra una rebaja de penas, claro, ¿siempre que los procesos en su contra desemboquen en una posible condena tras un juicio justo? Hasta tanto, él es inocente.
Pero, ¿quiénes estarán asustados con su presencia en el Ecuador, aunque esté en una celda?
¿Será otro mártir? Por lo pronto, sus camaradas ya lo tildaron de traidor. Y no se puede ser las dos cosas a la vez.
Y ojo, el gobierno tampoco debe olvidar que el “mundo da la vuelta”. El diablo, en la gloria del poder, también peca. (O)









