El fenómeno de El Niño no es solo una amenaza ambiental; es un choque macroeconómico de gran escala. Ante su inminente llegada, la gran interrogante es si el andamiaje financiero cuenta con el blindaje necesario para soportar el impacto en sectores clave como la agricultura y la exportación. Para dimensionar el riesgo, la historia ofrece un crudo espejo. Los episodios de 1982-1983 y 1997-1998 figuran como las mayores catástrofes productivas del Ecuador contemporáneo. El evento de fines de los noventa provocó pérdidas calculadas por la CEPAL en cerca de USD 3.000 millones, equivalentes al 17 % del PIB. La destrucción de cultivos y carreteras sepultó la capacidad de pago de los productores, acelerando el colapso del sistema bancario de aquel entonces.
A diferencia de esa época, la estructura bancaria actual presenta mayor solidez. Según reportes de la Superintendencia de Bancos y el Banco Central del Ecuador (BCE), la banca privada mantiene reservas estables. Las provisiones cubren más del 200 % de la cartera improductiva, con una morosidad general manejable cercana al 4,5 %. No obstante, la vulnerabilidad se traslada a la banca pública, como BanEcuador, donde la morosidad del microcrédito agrícola roza el 15 %, un frente crítico si las cosechas fallan de forma masiva en el litoral ecuatoriano.
Para aterrizar la incertidumbre, los modelos predictivos del BCE estiman el impacto del riesgo climático mediante simulaciones econométricas. Bajo un escenario de Niño Moderado, las pérdidas potenciales esperadas en el crédito nacional se calculan en USD 2.332 millones. Si el evento escala a un Niño Severo, la afectación proyectada sube a USD 2.705 millones, impactando con fuerza los microcréditos. En conclusión, la resiliencia dependerá de la agilidad estatal para activar refinanciamientos urgentes. (O)







