El sábado pasado recibí una llamada de mi primo Tavo. Había salido con mi papá y otros amigos en moto, cinco días por el oriente y la sierra, un paseo organizado con la ilusión que solo tienen quienes saben que la vida cabe en un baúl trasero y la felicidad está en un casco, el viento y la aventura del camino.
Mi papá había tenido un accidente. Grave. Sobrevivió casi de milagro.
Los días siguientes han estado llenos de miedo, preocupación y dolor, pero también de esas extrañas experiencias humanas que aparecen cuando la vida muestra su fragilidad.
En un pequeño centro de salud entre las montañas recibió los primeros auxilios. La enfermera que lo atendió ha llamado cinco veces para saber cómo sigue.
Las llamadas y mensajes que no paran, la solidaridad que nos sostiene cuando uno no sabe muy bien cómo sostenerse solo.
Mis padres envejecen. En algún rincón de nosotros, los padres parecen tener la condición de seres inmortales que tenían cuando éramos niños. Hasta que una llamada nos recuerda que no lo son.
Entre tanta preocupación aparecen pequeñas alegrías. Como mi papá pidiéndome que meta de contrabando una gelatina al hospital cuando no estaba permitido comerla. O cuando al día siguiente de una dolorosa cirugía del brazo le encontré con una enorme sonrisa porque podía mover la mano. Estaba escuchando bachatas.
Cuando la vida se vuelve frágil también cambia nuestra unidad de medida. Una llamada importa más. Una gelatina sabe mejor. El movimiento de una mano puede convertirse en una celebración. Y un día más deja de ser simplemente otro día.
El 26 de septiembre mi papá cumplirá 76 años. Este año no celebraremos que cumple uno más. Celebraremos que está.
A mi papá le conocen desde niño como Fusil. Y, por lo visto, al Fusil todavía le queda pólvora. (O)
@ceciliaugalde




