Por negatividad crítica no me refiero a una actitud pesimista o necesariamente apática. Tampoco al derrotismo o al desánimo. Nada más lejano a una actitud catastrofista. La negatividad crítica tiene que ver con la búsqueda activa de posibilidades de ruptura de un orden que aparece como racional y deseable pero que no es más que irracional y perjudicial. En esa medida, la negatividad crítica es una postura que adopta el pensamiento para alcanzar los ideales ilustrados. Es muy curioso, ciertamente, que sea el pensamiento negativo el llamado a reorientar los extravíos que ha producido la razón capitalista, que desarrolla todo tipo de aparatos “inteligentes” que no piensan. Vivimos cada día peor, y más alejados de aquel mundo ideal, establecido sobre el libre ejercicio de nuestras capacidades racionales y afectivas, de nuestro propio juicio. Lo cierto es que el juicio propio es impertinente en un ordenamiento establecido para la dominación de los intereses del capital. De ahí que, para pensadores como Marcuse, la primera alternativa para recuperar el pensamiento crítico es cultivar la capacidad de negar el mundo existente como dado de una vez y para siempre, en la generación de preguntas, pero también en la posibilidad de imaginar otras formas de realidad posibles. Es decir, cuestionamiento y creatividad, altas capacidades tan infravaloradas por el pensamiento positivo que se regocija en la eficiencia del cumplimiento de la orden, sin problematizar sus objetivos. El pensamiento crítico es la recuperación de los fundamentos del pensar que nos reconectan con la conciencia de nuestra existencia colectiva, es decir con lo vital, lo ético, lo político, así como las técnicas y procedimientos que agudicen el pensar. (O)




