Conocí la poesía de Iván Carvajal (1948 – 2026) a través de su obra Parajes (1984), ganadora del Premio Nacional de Literatura Aurelio Espinosa Pólit, 1983. Poeta erudito, al extremo del hermetismo, de la savia que emana la construcción del pensamiento crítico. Su propuesta poemática cuestiona lo fugaz, porque lo suyo fue la trascendencia con la palabra escrita, con la palabra bien dicha, elaborada con rigor de orfebre, con un tallado que impone exigencia lectora y reflexión intensa. De la plenitud de la existencia humana trazó sus piezas escriturales que poseen hondura en la mirada universal del amor y de la eternidad. Muy cercano a la filosofía, a los principios del hombre sereno que es llamado por las musas de la lírica en un acto de fe y de obsesionada forma por ironizar la propia vida, a sabiendas que la muerte siempre está en el umbral de los días y de las noches.
En una entrevista que publiqué en Diario El Norte de Ibarra, en junio de 1998, Carvajal expuso lo siguiente: “Mis textos están marcados por un juego entre el escepticismo y cierta necesidad de alcanzar algún tipo de certeza para sobrevivir en un mundo bastante hostil como el actual. Además, es una característica de la poesía moderna. Finalmente nos vemos avocados a un proceso de nihilización de todas las interpretaciones y todas las cosmovisiones religiosas, las grandes utopías se han aniquilado, y lo que tratamos es de sobrevivir en una época como la contemporánea”.
Su nombre se asocia con el Frente Cultural activo en Ecuador, en los 70 del siglo XX. Con el tiempo esa posición ideológica inicial tomó otro giro en su madurez. Así también, Carvajal es reconocido por una tarea prolífica como pensador, ensayista y docente universitario. Otros poemarios de su cuño son: Poemas de un mal tiempo para la lírica (1980), Del Avatar (1981), Los amantes de Sumpa (1984), Ópera (1997), Inventando a Lennon (1997), La ofrenda del cerezo (2000).
Sus versos resuenan como eco, tras su ausencia definitiva: “persistir es vivir / y volver a morir / insistir”. (O)




