Una pared puede volver a pintarse. Diego Guerrero no volverá jamás. La madrugada del 10 de octubre, un guardia disparó contra el vehículo en el que él y sus amigos intentaban alejarse de una construcción donde uno de ellos pintó un grafiti.
En redes, los comentarios celebran el acto, y justifican la muerte de un “vándalo”. Esto muestra cuánto se relativiza la vida de quien lleva una etiqueta impuesta por una sociedad que se ha dejado absorber por la necro política que reina.
No nos olvidemos, que esta es la misma narrativa usada para justificar el asesinato de quienes protestaron el año pasado, y también de niños y adolescentes como los 4 de las Malvinas. La criminalización hace que la violencia parezca aceptable y que el duelo de una familia reciba burlas, críticas y sanción.
No basta lamentar una muerte; hacen falta verdad, justicia y reparación para Diego, las personas heridas y sus familias. Lo mismo para las madres que lloran la pérdida de sus hijos en manos de un Estado que se disfraza de héroe y usa su aparataje para disparar aún cuando las cámaras lo están grabando y los espectadores, como en el circo romano, felicitan la barbarie.
Defender la vida exige rechazar el aplauso a la violencia, mirar las cosas como son, salir de nuestra zona de confort. (O)
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