A través de sus ritos, mitos y leyendas construyeron un mensaje de sabiduría. Estos secretos fueron el principio y la razón de ser de la clase sacerdotal inca, pero su conocimiento esotérico llegó también hasta el pueblo, que demostró una voluntad de comprender, de juzgar y de actuar.
Su capacidad de adquirir conocimiento abrió las puertas de un mundo mágico que permanecía oculto entre los monarcas. Al develar estos secretos guardados, descubrieron, de manera paradójica, que manejaban fuerzas contrapuestas, pues todo el ritual aparecía iluminado por la imagen del Sol: su luz iluminaba y oscurecía las estrellas y la tierra. Ellos veneraron las enseñanzas de Viracocha.
En sentido esotérico, el Sol permitía acceder a la Vía Láctea en la salida helíaca de cualquier solsticio. Y, para que no se fuera el Sol, los incas eran los únicos capaces de persuadirlo para que no se marchara y permaneciera. Las prácticas del Cuzco, Pisac y otros lugares demostraron que, mediante el Intihuatana, se ataba al Sol, se lo amarraba para que no se perdiera en el olvido.
Los incas conocían tradiciones muy antiguas que les permitían descubrir la ruta mítica de Viracocha a través del río celeste. A los monarcas incas se les exigía que fueran guerreros, ya que el Sol también debía ir de un trópico al otro.
Los incas dedicaron toda su vida a estudiar los fenómenos del mundo natural asociados al mundo celeste y a establecer un rico diálogo con el mundo espiritual. En el orden natural encontraron mensajes para la humanidad, al resaltar la importancia divina. Así, desde sus atalayas dirigieron la vista hacia la Vía Láctea, más allá de este mundo de los Andes, pues conocieron el movimiento de las estrellas. Ellos decían que las estrellas y las personas eran como los animales que se cubrían y se abrigaban con la presencia del Sol. (O)




