Mis inolvidables abuelos maternos, Adelaida y Benjamín, frente a situaciones por demás anómalas, solían decir: ´se avecina el fin del mundo´. Si ellos hubiesen podido percibir mi actual malestar, me hubiesen ya manifestado su extrañeza y desazón.
El tiempo nos esculpe, las horas nos tallan y de pronto percibimos que ya no somos los de antes, que algo o mucho ha cambiado en nuestro interior. Al final terminamos aceptando que somos hijos del tiempo, que en mucho cambiamos sin percibirlo, que la naturaleza tiene sus propios códigos.
Mis nueve décadas transcurridas entre andar y desandar senderos fascinantes, me permiten elaborar conjeturas y acercarme, quizá, a la verdad de aquello que nos puede estar pasando, para juntos, ustedes y yo, atrevernos a elaborar conjeturas y quizá acercarnos a la verdad, hoy más esquiva que nunca.
Cuando leo que un alcalde se encuentra en la cárcel y que otros, que aún andan sueltos, muy pronto tendrán igual destino, no atino a entender desde cuándo y por qué, la administración pública erró de camino. De manera imperiosa he revisado viejos cánones; veo que las normas no han cambiado y la razón de ser de estos servidores públicos consta en manuales y códigos.
Estas deben ser algunas de las cualidades morales de un servidor público: ser honrados e íntegros, actuar con rectitud, rechazar actos de corrupción; vocación de servicio; imparcialidad y equidad; respeto a la dignidad y derechos humanos.
Quien llega a ser elegido alcalde de un cantón, para ser capaz de cumplir con sus obligaciones, debe ser una persona íntegra, capaz y libre, es decir, no atado a compromisos preelectorales. Por lo que hasta hoy se conoce algunos de ellos fueron financiados por capitales “non sanctos”, fortunas listas para recuperar sus inversiones.
La pregunta del millón: Este mal tiene remedio o, acaso, ¿la administración pública está corrompida? (O)



