Las redes sociales tienen la virtud de revelar acontecimientos que conmueven la conciencia, pero también el defecto de convertir cualquier episodio en escenario de vanidades, antagonismos y oportunismos. Mientras unos hechos invitan a reflexionar sobre nuestra condición humana, otros alimentan discordias, donde la estridencia suplanta a la razón y el protagonismo prevalece sobre la sensatez.
Un reciente incidente relacionado con la Universidad de Cuenca desató opiniones apresuradas y posicionamientos encontrados. Ante ello, expresé a dos exautoridades y dos antiguos maestros mi reconocimiento por su prudente distancia. La Universidad, santuario del pensamiento crítico, debe privilegiar la razón sobre el apasionamiento, la dialéctica sobre la consigna y el conocimiento sobre la improvisación. La prudencia intelectual no significa indiferencia ni cobardía: constituye una elevada expresión de madurez, sabiduría y respeto institucional.
Pero otro acontecimiento, infinitamente más doloroso, estremeció al país y trascendió sus fronteras: la muerte del sacerdote cuencano Patricio A. Sánchez M, abatido, paradójicamente, por el crucifijo que representaba al Dios cuya palabra proclamaba.
¡Qué insondable paradoja de la existencia! El símbolo de redención, ante el cual generaciones han depositado sus angustias y esperanzas, se convirtió en instrumento de su muerte. Sin embargo, confundir la fatalidad de un accidente con la negación de lo divino sería reducir el misterio de la existencia a la estrechez de nuestras interpretaciones.
El padre Patricio no convirtió el púlpito en tribuna de controversias mundanas ni buscó notoriedad mediante discursos incendiarios, algunos abanderizados y apasionados. Predicaba el Evangelio con sencillez, compartía la fe e invitaba a la oración, procurando sembrar bondad donde tantas veces germina la discordia.
Su fallecimiento evoca el de otros 5 sacerdotes sorprendidos por la muerte mientras ejercían su ministerio, este mismo 2026. No son mártires por persecución religiosa, sino, metafóricamente, mártires de una vocación que abrazaron hasta el último instante.
A quienes encontraron en esta tragedia motivos para renegar de la fe, cabe recordarles que, desde los albores de la humanidad, el hombre ha buscado en lo trascendente respuestas al enigma de su existencia. La religión no garantiza inmunidad frente al sufrimiento ni a la muerte; ofrece, más bien, horizontes de esperanza ante nuestra inevitable finitud.
En su última prédica habló de la fragilidad de la vida y de la familia como fundamento de unidad. Acaso allí reside su legado: comprender que somos pasajeros del tiempo y que el amor constituye nuestra más perdurable huella.
¡Adiós, padre Patricio! ¡Que su último mensaje trascienda las paredes de los templos, resuene en los corazones y permanezca vivo en la conciencia de creyentes y no creyentes! (O)



