Reflexiones derivadas de la encíclica Magnifica Humanitas

El papa León XIV, ha publicado su primera encíclica denominada Magnifica Humanitas.

En el país existen voces individuales y organizacionales que se pronuncian en el espacio del análisis moral de la contemporaneidad. La manipulación de la verdad, la explotación a cualquier precio de los recursos naturales, la inequidad social, la concentración de la riqueza en cada vez menos manos y la deshumanización de la sociedad en la era tecnológica son algunos de los problemas éticos que convocan el análisis de diversos actores sociales.

Instituciones tradicionales que antes eran epicentros de estudio, reflexión y denuncia de temas relacionados con la equidad, la justicia y la sostenibilidad hoy, paulatinamente, han dejado ese rol básico que justifica su existencia para concentrarse en ser hábiles actores de una dinámica social marcada por la concentración del poder, el deterioro de la democracia y el abuso del derecho. Tal vez para ellas es complicado denunciar estrategias y acciones de instancias nacionales e internacionales con las cuales mantienen relaciones de colaboración o de vinculación en proyectos y programas de investigación o desarrollo.

El rol de las universidades

Esos temas que sí han sido analizados y denunciados por la Iglesia católica, ¿son de competencia exclusiva de instancias religiosas? La ética laica, atributo ineludible de todos y reivindicada formalmente por las universidades, ¿puede y debe abordar esos problemas? ¿Las instituciones de educación superior son el espacio para ese debate y para los pronunciamientos que se deriven del diálogo permanente sobre los hechos y circunstancias del presente social? Sí, lo son, claro está.

¿Alguna universidad ecuatoriana ha manifestado su posición ética frente a la situación global actual, marcada por guerras declaradas y por la reivindicación explícita de la fuerza como factor dirimente en las relaciones internacionales? ¿La situación social del Ecuador ha sido analizada a la luz de la ética y ha merecido una manifestación pública institucional por parte de esos centros de educación superior? La flagrante manipulación de la verdad que se impone en el mundo de lo público y de lo privado, ¿asimismo ha sido objeto de pronunciamientos por parte de las universidades respecto a su impacto moral en el presente y en la historia?

Sin embargo, las preguntas de si las universidades han trabajado sobre estos aspectos son válidas, porque el impacto de su punto de vista al respecto no es evidente para la sociedad en general. Esa toma de posición, si es que se la ha expresado, es desconocida por la colectividad.

Quizá el “alto impacto” de las publicaciones académicas con las que contribuyen las investigaciones de las universidades locales —que podría esgrimirse como argumento de validación de los procesos de difusión del pensamiento universitario— está demasiado circunscrito a grupos de iniciados que viven y evolucionan en esas burbujas, con el riesgo de convertirse en espacios endogámicos, en el sentido de que se validan a sí mismos por la conformidad que alcanzan con indicadores previos, los cuales son requisitos para publicar en esos medios de divulgación del conocimiento.

La universidad como institución, está obligada a tomar posición moral frente a los acontecimientos sociales.

¿Solo el papa es responsable del análisis moral de los hechos y de las formas sociales que adopta la historia? ¿Las universidades tienen también ese rol? Son algunas preguntas que me formulo, respondiéndome que las instituciones de educación tienen ese rol y no lo cumplen cabalmente, pudiendo hacerlo siempre, pese a la serie de vínculos que tienen con la comunidad, empresas y otros grupos de presión que nunca deberían condicionar y menos aún impedir la libertad de expresar puntos de vista morales respecto al mundo y sus circunstancias.

La ética laica, que es el espacio de todos, tampoco se ejerce. Los problemas ambientales, la lucha por la defensa del agua, el análisis crítico de la inteligencia artificial, la explotación de los recursos minerales, la pobreza global, la concentración de la riqueza en tan pocas manos, el control de las mentes y de las emociones son los grandes temas morales de la contemporaneidad que, si bien son abordados por las universidades en proyectos o programas, nunca han sido asumidos desde el enfoque ético institucional ni han merecido un pronunciamiento formal al respecto. No ha existido una voz, como la del papa para la comunidad cristiana, que hable y se exprese con frontalidad y compromiso para todos los ciudadanos.

Si a los cristianos les habla su líder espiritual, creo que a todos los ciudadanos, sin que importe su confesión, debe hablarles alguien. Antes lo hacían las universidades. Hoy, los ciudadanos independientes que sí alzan su voz se preguntan incrédulos si esos centros de educación superior podrían ser, eventualmente, espacios institucionales que cobijen sus ideas y propicien el debate y la toma de posición ética frente a las circunstancias de la contemporaneidad.

¿Hacia dónde vamos?, se pregunta el papa

“Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma”, nos dice el pontífice católico en una parte de la encíclica. Tiene razón. La ciencia y sus aplicaciones, el poder económico y las nuevas tecnologías de la información, entre las cuales también se encuentra la inteligencia artificial, están concentradas en muy pocas manos. El poder real en el mundo se fundamenta en el conocimiento, y quienes lo generan tienen un inmenso dominio sobre el conjunto de la humanidad.

La reflexión que proviene de la filosofía moral debe describir el funcionamiento de las estructuras sociales, debe analizar sus motivaciones y sus objetivos y, cuando corresponda, debe denunciar su utilización en beneficio de algunos de sus actores. Los datos que se tienen al respecto y están al alcance de todos corroboran lo que afirmo; por ejemplo:

El uno por ciento más rico del planeta capta las dos terceras partes de toda la nueva riqueza que se genera. Las fortunas de las élites crecen mucho más rápido que los patrimonios del resto de la población. Esta realidad es un grave problema para la sostenibilidad y la democracia. Las Naciones Unidas afirman que este gran desequilibrio es producto de decisiones fiscales y regulatorias orientadas a la acumulación de capital en el sector privado.

Si a los cristianos les habla su líder espiritual, creo que a todos los ciudadanos, sin que importe su confesión, debe hablarles alguien. Antes lo hacían las universidades. Hoy, los ciudadanos independientes que sí alzan su voz se preguntan incrédulos si esos centros de educación superior podrían ser, eventualmente, espacios institucionales que cobijen sus ideas y propicien el debate y la toma de posición ética frente a las circunstancias de la contemporaneidad

Aunque estos datos son producidos por centros académicos que investigan y publican sus resultados y por organizaciones internacionales como las Naciones Unidas, normalmente se omite tomar posición moral frente a esa realidad. Es como si la mayoría se limitase exclusivamente al conocimiento de la objetividad de los datos, lo cual es una posición que resulta inaceptable, pues es preciso denunciar lo que afecta a la vida y a la sostenibilidad.

Debemos comprometernos con la palabra y con la acción frente a circunstancias que, en muchos casos, no hacen sino precipitarnos en la deshumanización, el irrespeto a la dignidad humana, la cosificación de las personas y la entronización del lucro como ídolo inmoral y pagano, que se posiciona como fundamento y objetivo de las prácticas políticas y económicas globales.

El papa habla y eso está muy bien. También lo debemos hacer los ciudadanos. Las universidades, instituciones de educación del más alto nivel, antes lo hacían. Es preciso que retomen ese rol. La sociedad espera. (I)

Dr. Juan Morales Ordóñez

Dr. Juan Morales Ordóñez