Cuando una lengua desaparece, no perdemos únicamente palabras. Se pierden también maneras de comprender la naturaleza, relacionarnos con el territorio, transmitir conocimientos y explicar el mundo. En un país intercultural como Ecuador, esta realidad debería invitarnos a pensar en lo que significa preservar nuestras lenguas ancestrales.

Evelyn Verónica Almeida García, Ph.D.
Nodo REMCI ESPE
Durante una investigación realizada en la comunidad kichwa de Agato, en Imbabura, tuve la oportunidad de acercarme, junto con otros investigadores, a las narrativas de una partera, un músico artesano y un agricultor. Sus voces nos mostraron que detrás de la oralidad existe un universo de conocimientos sobre alimentación, biodiversidad, naturaleza y formas de relacionarse con el entorno.
Aquella experiencia reafirmó algo que considero fundamental: una lengua ancestral no es solamente un medio de comunicación. En ella habitan la memoria, la identidad y la cosmovisión de un pueblo.
Preservar el kichwa requiere, por tanto, mucho más que conservar palabras. Implica escuchar a quienes mantienen vivos estos saberes, valorar la transmisión oral y generar espacios para que las nuevas generaciones puedan conocerlos, aprenderlos y hacerlos parte de su propia identidad.
En tiempos en los que la tecnología transforma aceleradamente nuestra manera de comunicarnos, tenemos también la oportunidad de preguntarnos qué conocimientos queremos llevar con nosotros hacia el futuro.
Porque cuando una lengua deja de escucharse, no solo perdemos una forma de hablar: perdemos una manera única de mirar el mundo. (O)



