Cinco oficios antiguos que aún perduran en Cuenca

Janeth Tubatú, 45 años, vendedora de periódicos en el sector de Turuyaico-Gil Ramírez.
Janeth Tubatú, 45 años, vendedora de periódicos en el sector de Turuyaico-Gil Ramírez.

En Cuenca existen diferentes oficios que al pasar de los años perduran. En 2026 con solo caminar por las calles de la ciudad es posible encontrar estas actividades tradicionales que son parte de la historia local.

Los mantenedores de los oficios realatan los secretos sobre sus actividades cotidianas y sobre su vida.

A continuación conoceremos a cinco personajes que mantienen los oficios tradicionales: un canillita, una vendedora de pan de canasta, un betunero, una espumillera y una mujer que hace limpias con plantas medicinales en el mercado.

El legado canillia de la familia Tuba

La palabra ‘canillita’, según la RAE, signica vendedor callejero de periódicos, término implementado en una obra teatral en 1902, en Uruguay, y que se quedó en el cotidiano de varios países de Latinoamérica entre ellos Ecuador

En Cuenca, la familia Tuba ha convertido el oficio en un legado. María del Carmen Tuba Tuba, una canillita de 62 años que ha dedicado la mayor parte de su vida a la venta de periódicos en la capital azuaya.

Antes de inclinarse por este oficio, trabajaba como empleada doméstica; sin embargo, la influencia de su hermana, quien también se dedicaba a esta actividad, la llevó a cambiar de rumbo.

El oficio se transformó en un legado familiar, a través de sus hijas. Janeth Tuba, de 45 años, mantiene la actividad comercial en la intersección de las avenidas Turuhuayco y Gil Ramírez, mientras que, Fernanda Arias Tuba, de 40 años, trabaja en la intersección de la calle Mariano Cueva y avenida Héroes de Verdeloma, donde vende lotería, cuentos y otros artículos.

Para adaptarse a este cambio, Tuba dejó las caminatas largas y se estableció en un puesto fijo ubicado en las calles presidente Córdova y Tarqui.

Actualmente, complementa el negocio con la oferta de productos de aseo personal, como pañitos húmedos y papel higiénico, manteniendo la vigencia de su punto de venta.

María, expresó su preocupación por la disminución de las ventas de periódicos debido al avance de la tecnología y el uso de teléfonos celulares.

Recuerda que años atrás las ventas eran mucho mayores y que actualmente el oficio enfrenta importantes desafíos para mantenerse vigente.

Diego Arteaga, historiador, contó que en Cuenca no era común usar la palabra «canillita». A los vendedores de periódicos se los conocía generalmente como «guambras». El término «canillita», que posteriormente se difundió en Ecuador, tuvo mayor presencia en la Costa, de manera específica, en Guayaquil.

En Cuenca, la venta de periódicos forma parte de la vida cotidiana desde el siglo XIX. Según el investigador Diego Arteaga, los vendedores de diarios solían ser niños y jóvenes (aspecto que en la actualidad está prohibido según la legislación ecuatoriana) que recorrían las calles ofreciendo las principales noticias del día.

Con el paso de los años, la expansión de los medios digitales y el acceso inmediato a la información a través de celulares redujeron significativamente la demanda de periódicos impresos.

Como resultado, los canillitas se han convertido en uno de los oficios tradicionales que lucha por mantenerse vivo en la ciudad.

Detrás de esta actividad aún existen historias de personas que han dedicado gran parte de su vida a mantener viva la venta de periódicos en las calles de Cuenca.

Dos adultos mayores enamorados del pan

La elaboración y venta de pan es uno de los oficios más antiguos de Cuenca, una práctica que se remonta a la época colonial y que aún sigue presente en la vida cotidiana de las calles de la atenas del Ecuador.

María Aida Sáenz de Arias, tiene 75 años, y lleva más de 40 dedicándose a la elaboración del pan junto con su esposo, Luis Gonzalo Arias.

De 03:00 a 08:00, él elabora los panes, y María se encarga de venderlos recorriendo distintos sectores de Cuenca.

Entre los lugares que visita diariamente están la Convención del 45, El Vado, Calle Larga y Parque Calderón para vender pan artesanal elaborado por su esposo Gonzalo.

También han comercializado sus productos en parroquias rurales como Cumbe, Tarqui y Santa Ana.

A veces, don Gonzalo también vende pan. Lo hace en sitios como el Mercado 3 de Noviembre, donde recibe ayuda de familiares debido a los problemas de salud que enfrenta.

Los ingresos obtenidos les permiten cubrir gastos como arriendo, servicios básicos y medicamentos, reconocen que actualmente resulta difícil ahorrar debido al incremento de los costos y la competencia.

A pesar de los problemas de salud y las dificultades económicas, María Aida continúa trabajando todos los días.

Luego de sobrevivir a un grave accidente de tránsito ocurrido en el sector del Corazón de Jesús, recuerda: «Me chocó un taxi y el coche cayó encima mío; me fracturó los huesitos. Pasé ocho días en el hospital en cuidados intensivos y casi dos meses sin salir de la casa».

La experiencia marcó su vida, pero no la alejó de su oficio. Ella continúa trabajando porque considera que mantenerse activa es fundamental para su bienestar físico y emocional.

Según el historiador Diego Arteaga, antes de la llegada de los españoles se utilizaba principalmente el maíz para la preparación de alimentos, con la introducción del trigo y de los primeros molinos comenzaron a desarrollarse nuevas formas de producción de comida, entre ellas la panadería.

Con el paso de los siglos, este oficio se consolidó como una actividad tradicional que no solo abastecía a la población, sino que también formó parte de la identidad cultural y económica de Cuenca.

Cuatro décadas en el oficio betunero

Si bien no hay un registro histórico sobre la presencia de los betuneros, desde hace varias décadas conviven con el centro histórico de Cuenca.

Es común encontrarlos alrededor del Parque Calderón, donde instalan sus herramientas para ofrecer el servicio de limpieza y lustrado de calzado.

El uso de zapatos de cuero era frecuente entre la población local, lo que convertía a este oficio en una actividad con alta demanda.

Sin embargo, los cambios en las costumbres de vestir y el mayor uso del calzado deportivo, redujeron la necesidad de este servicio, provocando que el número de betuneros disminuya.

Uno de ellos es, Manuel Mario Ortiz Molino, quien ejerce el oficio de betunero desde hace 43 años.

Comenzó en esta actividad cuando tenía unos 30 años, en una época en la que el flujo diario de clientes garantizaba una mayor rentabilidad económica para quienes se dedicaban a esta labor.

Años atras los lustrabotas contaban con una organización gremial, pero con el paso del tiempo se disolvió y muchos de los agremiados fallecieron.

Hoy en día el panorama es distinto. Las ganancias de Ortiz se sitúan entre los cinco y diez dólares diarios, una cantidad que debe distribuir entre alimentación, transporte y la compra de sus propios materiales de trabajo.

El esfuerzo físico y su avanada edad llevaron a Ortiz a suspender los recorridos a pie que antes realizaba por las calles de la capital azuaya.

Actualmente, atiende en los arcos coloniales del edificio de la Gobernación, entre las calles Sucre y Benigno Malo.

Para solventar la reducción de ingresos, Manuel combina su jornada diaria del área urbana, con labores agrícolas en la parroquia de Santa Ana.

Pese a que han transcurrido 43 años, don Manuel Ortiz sigue vigente y sostiene uno de los oficios tradicionales locales.

María, la sanadora del ‘mal aire’

Las limpias con plantas medicinales también son parte de una tradición que ha perdurado en Cuenca durante generaciones.

Según el investigador Diego Arteaga, estas prácticas combinan conocimientos ancestrales indígenas y elementos incorporados durante la época colonial.

Además, recuerda que años atrás existían sectores reconocidos por las limpias, como los alrededores de la Virgen de Bronce y el mercado 10 de Agosto, donde todavía es posible encontrar a personas que tienen estos conocimientos.

Entre ellas se encuentra, María Cajamarca, de 60 años, quien desde hace más de tres décadas se dedica a las limpias con plantas medicinales en Cuenca.

María aprendió este oficio de su abuela, quien le transmitió el conocimiento sobre el uso de las plantas y la “lectura del huevo” de gallina dentro de la medicina popular.

Las limpias se realizan los martes y viernes en el Mercado 10 de Agosto, porque Cajamarca considera que esas jornadas tienen una mayor efectividad espiritual.

Las plantas medicinales que María utiliza con mayor frecuencia son la ruda, santa maría, chilca y altamisa, además de otras hierbas.

Según sus conocimientos, cada una cumple una función específica, como tratar el mal aire, aliviar los nervios, reducir el estrés o eliminar las malas energías.

El uso del huevo de gallina es otra de sus herramientas principales, empleado para identificar afecciones tradicionales y contemporáneas como el mal de ojo, el estrés, los nervios y las cargas energéticas.

Su servicio tiene un costo de tres dólares y atrae a usuarios de diversas edades, incluidos turistas locales y extranjeros.

Para cumplir con sus jornadas, Cajamarca se traslada diariamente desde la parroquia de Santa Ana hacia su lugar de trabajo.

Su puesto se encuentra en la planta baja del Mercado 10 de Agosto, entre las calles Calle Larga y General Torres.

María Cajamarca continúa ejerciendo el oficio que heredó de su abuela y mantiene viva una práctica tradicional que forma parte de la medicina popular y de la identidad cultural de Cuenca.

Venta de espumillas

Según historiadores, el consumo de postres elaborados a base de huevo tiene antecedentes muy antiguos, remontándose incluso a la época de la Roma Imperial, donde ya existían este tipo de alimentos.

Aunque no se conoce con exactitud el origen de la espumilla en Cuenca, el investigador Diego Arteaga señaló que este dulce se ha convertido en un producto tradicional y representativo de la gastronomía.

Alexandra Velázquez, de 32 años, elabora y comercializa espumillas desde su adolescencia. Aprendió la técnica de manera empírica observando a una compañera de trabajo y, posteriormente, transmitió el conocimiento a su madre y a su hermana, convirtiendo la actividad en un sustento familiar.

La elaboración del dulce se realiza cada mañana utilizando guayaba, azúcar y claras de huevo.

Mencionó también que todo el proceso de batido lo hace a mano, con decoraciones de mora o fresa, un proceso que demanda entre 45 minutos y una hora de trabajo continuo antes de salir a la venta.

Con el producto listo, Velázquez recorre diferentes sectores de la ciudad. Su ruta se concentra en los exteriores de escuelas y colegios, extendiendo su jornada hasta el sector del barrio Totoracocha.

Los ingresos de la actividad varían según la jornada; en los días de mayor demanda, las ventas oscilan entre los 30 y 40 dólares diarios.

Para asegurar la rotación del producto y mantener la fidelidad de sus clientes, Velázquez comercializa únicamente la producción del día, evitando almacenar excedentes para la jornada siguiente.

Oficios y sus resultados

Los representantes de los oficios tradicionales comparten una rutina caracterizada por largas horas de trabajo y el contacto cotidiano con clientes.

Algunos permanecen en un mismo lugar durante el día, mientras que otros recorren distintos sectores de Cuenca en busca de nuevos clientes, sin importar el frío, el calor o las lluvias.

La mayoría depende de las ganancias obtenidas cada jornada para cubrir sus necesidades básicas y las de sus familias.

Entre mercados, plazas y calles de Cuenca, estos oficios tradicionales siguen presentes. (I)

Texto y fotografías:

Heidy Aguayza y Jennifer Urgiles

Estudiantes de periodismo

(A la memoria del historiador Diego Arteaga por la valiosa información entregada y que contribuyó a la elaboración de esta publicación.)

Redacción El Mercurio

Redacción El Mercurio