Alcaldes, prefectos y miembros de las Juntas Parroquiales Rurales entran a su último año de gestión administrativa.
Este 2026 les resulta un año atípico, netamente electoral. Es cuando más deberán ejecutar los presupuestos; es decir, demostrar que más fue lo que invirtieron en obras que en gasto corriente.
El adelanto de las elecciones seccionales les cogió desprevenidos, como a casi todos los ecuatorianos.
Es que muchos de ellos, o correrán por la reelección; o deberán renunciar a la dignidad que ostentan para aspirar a otra.
Todo eso porque, salvo excepciones, los más, han hecho de la política una “profesión”, una fuente segura de ingresos, mantienen poder, este les atrapa y no quieren desprenderse de él.
Quienes consigan el favor popular, la continuidad de su gestión no tendrá mayores altibajos. Al contrario, tendrán mayor estabilidad, y ánimos también.
Todo lo contrario ocurrirá con quienes no sean reelectos. A lo mejor, desde el mismo día en que retornen a sus actividades, sean vistos como “ex”, pese a que tendrán casi seis meses para completar su periodo.
Suele decirse que cuando eso ocurre, hasta los propios colaboradores ya no les tienen como tales; tampoco los empleados y trabajadores de la entidad que dirigen; igual la ciudadanía que, al contrario, podría exigirles que se “vayan lo más pronto”.
Los ganadores exigirán comenzar con la transición tan pronto conocer los resultados irreversibles. Así es la política ecuatoriana. A no ser que al CNE, siempre impredecible, se le ocurra también adelantar la fecha de posesión de las autoridades electas.
Hasta tanto, quienes buscan la reelección, sentados, aunque agitados, ven cómo en las diversas tiendas políticas, antes, apagadas, en silencio, se buscan y rebuscan candidatos; planean los más raros cruces para obtener engendros de última hora, y hasta aplican la reingeniería.
Más de estrambótica no puede ser la política ecuatoriana.










