Mientras el Ministerio de Interior difunde profusamente resultados de los operativos efectuados por la Policía Nacional y el Ejército, el crimen organizado no da tregua.
En estas últimas semanas las masacres han sido la tónica. En algunos casos familias enteras son asesinadas.
Muchos de los crímenes se cometen a mansalva. Previamente, las víctimas son torturadas, luego asesinadas y terminan descuartizadas. Ya no es novedad que las cabezas sean arrojadas entre los matorrales, colgadas en los puentes, y el resto de los cuerpos botados en otros lugares.
El sicariato como que ha impuesto su impronta; como que el crimen organizado viene a ser una “fuente de trabajo” a la que acceden cientos de jóvenes; o los recluta a la fuerza.
Mal puede desmerecerse el trabajo de las fuerzas del orden, habiéndose jugado la vida en muchos casos ante un enemigo dotado de armas de grueso calibre, con una base económica sin igual, con “padrinos” en la política y en la administración de justicia; igual en otros estamentos de la sociedad donde se mimetiza.
Día a día el Ministerio del Interior muestra a decenas de detenidos, muchos en flagrancia, con las pruebas del delito. Entre ellos, algunos menores de edad.
Lo que no se sabe es qué fin tienen esos detenidos tras comparecer ante los jueces. Unos serán sometidos a juicio, sentenciados; pero otros, que serían los más, salen libres gracias a medidas sustitutivas o porque los partes policiales no cumplen con los requisitos exigidos por la ley.
Lo cierto es que la violencia sigue vigente. Los grupos criminales ahora son más. Se fraccionan, y al hacerlo se convierten en enemigos entre sí por la lucha de territorios. Cambian de lugar ante el acoso policial. Si sus líderes son capturados, sobreviene la lucha por el control de la banda.
Tal parece un túnel sin salida. Ecuador figura entre los países más violentos del mundo. Lapidario.











