¿En qué medida abordamos la crisis de salud mental?

El devenir del siglo XXI trajo consigo una suerte de colapso sistemático signado por una serie de sucesos que han sembrado la sensación de no sabernos a salvo y que han puesto a prueba nuestra capacidad de resiliencia y reacción: el aumento de la temperatura del planeta, la corrupción minando las instituciones, la brecha más grande de desigualdad social, una economía mundial en progresivo deterioro. La polarización agudizada a causa del oscuro artificio “divide y vencerás”, la proliferación del crimen organizado. Y a ello se añade una crisis que aún sigue sin abordarse adecuadamente en el Ecuador: los problemas de salud mental en todas las clases sociales. Por el estado actual del planeta, aunque inquiete y desconcierte, esta suma de males ya no sorprende.

De acuerdo con un reporte del Ministerio de Salud, en 2025 en el país se registraron 1,2 millones de atenciones en salud mental, 146.190 por cuadros de depresión, en tanto que entre 2023 y 2025 se atendieron 1.392 emergencias por intentos de suicidio, la mayoría —siete de cada diez— hombres de 25 a 39 años.

El año pasado, según el ECU-911, se reportaron 363 suicidios, lo que supone cerca de un caso por día. Al ver un poco más atrás, de acuerdo con un reporte de octubre de 2024 del MSP, “en Ecuador el porcentaje de años de vida perdidos por discapacidad relacionada con problemas de salud mental es del 33,4%”. Y añade que el 8,3% de los casos registrados tienen que ver con depresión, el 5,2% con ansiedad, el 1,6% con esquizofrenia, el 1,5% por suicidio y trastorno bipolar y el 0,9% por consumo de alcohol.

El gran lío, no obstante, es la inacción de quienes deben actuar más allá de las cifras que se arrojan, por lo general, en el ámbito de las conmemoraciones al respecto, como es el caso del Día Mundial de la Salud Mental, cada 10 de octubre, o del Día Mundial de Lucha contra la Depresión, cada 13 de enero. Resulta urgente superar las reflexiones y análisis de las efemérides para pasar a los hechos concretos, dado que muy escasa o poco visible ha sido la aplicación de la Política Nacional de Salud Mental 2025-2030.

El Gobierno, las instituciones, la sociedad civil, el sistema educativo, el Estado per se no nos orientan ni hacen nada sólido y consistente al respecto. En medio de una realidad social y política degradada por la violencia y la inseguridad estructural, el desempleo, el degradado sistema judicial y la pugna por el poder y las feroces disputas entre los movimientos políticos, la lucha se centra en la imposición de agendas mediáticas y narrativas marcadas por la posverdad, la desacreditación de los rivales políticos y las fake news. Vivimos en un estado de propaganda en procura de imponer falacias y verdades a medias en detrimento de las necesidades urgentes del pueblo.

A todas luces se trata de un mal mayor que recibe el nivel de atención de un mal menor, normalizado y aparcado. Los políticos hoy piensan sobre todo en las elecciones, en mantenerse en el dominio de las instituciones, en el poder, pero en realidad son veladamente indiferentes al bienestar de su gente.

Por eso no encontramos agenda ni estrategia alguna de parte del Gobierno, de instituciones como el Ministerio de Salud o los GAD, del Estado en sí e incluso del sistema de educación para abordar una de las problemáticas más acuciantes del mundo contemporáneo como lo son los trastornos mentales, el vacío interno, la simple pero devastadora sensación de no sentirnos bien. Y lo que nos lleva, en efecto, a buscar afuera lo que no nos enseñan a buscar adentro ni en las instituciones.

Nos hallamos ante una realidad sombría: dentro del colapso sistemático del mundo, la salud mental de la humanidad también sigue colapsando de una manera tan dramática como silenciosa. Pero lo que más debe interpelarnos es que, ante la inacción, la gente sufre, miles siguen sin acceso a tratamiento, otros miles no están conscientes de lo que les pasa. Al interior de las familias tampoco existe un diálogo real y profundo al respecto que desemboque en soluciones reales. Y la suma de todo ello es que la situación empeora.

Si no recibimos atención integral de las instituciones o poco o nada se hace, es un deber hiperbólicamente ético y de amor propio, de vida, no dejar que las cosas empeoren y ejercer el hábito de escucharnos de manera consciente, hablarlo con los seres queridos, y construir un camino de soluciones integrales que nos permitan vivir mejor, en plenitud, en un momento del planeta que ofrece pocas respuestas, pero que continúa desangrándose lentamente. Resulta vital que la clase política pacte una tregua a su feroz lucha por la narrativa, el electorado y las instituciones, y haga caso de verdad —fingiendo empatía al menos— a una problemática que en realidad supone una tormenta en la mente y el alma de miles de ecuatorianos.

Agustín Reinoso O.

Agustín Reinoso O.

Periodista y editor especializado en comunicación y marketing político