Pérdida de la vergüenza

Es casi imposible —más aún frente a un público abotagado por la política— sustraernos de esta actividad que, en su esencia, fue concebida como el arte de organizar, regular y dirigir la vida de la sociedad para alcanzar el bien común, resolver conflictos y tomar decisiones colectivas. Sin embargo, en este país, desde siempre, fue usada y conducida por gente de baja ralea, sin principios ni conciencia, únicamente para satisfacer intereses propios o de grupo. Y aunque la generalización suele ser injusta, hagamos coro con quienes suelen decir: “salvando ciertas excepciones”.

Esta malhadada clase política, junto con los metarelatos y la aculturación, ha logrado que normas, valores, principios, ética, moral, dignidad y buenas costumbres se desvanezcan, quedando la sociedad a la deriva. La vergüenza —ese escudo que antes protegía la honorabilidad— hoy no sirve ni siquiera para cubrirse de la delincuencia. A los corruptos ya no les inmuta ser señalados con los peores epítetos, pues ellos mismos, con sus actos y palabras, se han despojado de cualquier decoro.

Hoy se ha perdido el valor de la vergüenza, así es como la ciudadanía, o lo que queda de ella, ya no la reconoce. Por eso los sinvergüenzas, mezclados entre los pocos que aún conservan este valor, saludan con sonrisas amplias, extienden la mano, abrazan y conversan como si nada hubiera ocurrido, pese a cargar con graves putrefacciones sobre sus espaldas. Estos individuos —no personas— ignoran que la vergüenza es una emoción humana que aflora cuando se ha hecho algo indebido, ridículo o contrario a las normas sociales y morales. ¡Pero a ellos les vale un comino!

El hombre posmoderno perdió este valor en la misma medida en que amplió su libertad, hasta caer en el libertinaje. La gente de antaño, con menos opciones de elección, asumía mayor responsabilidad: no se desentendía de los deberes, ni mucho menos de la fidelidad al rol que la vida le había asignado. Ahora las culturas que relativizan los valores y la globalización impone su arrogante uniformidad, dejando al ser humano descorcertado.

Antes, los líderes del hogar, la familia, la comunidad, la ciudad, la provincia, la nación e incluso organismos internacionales guardaban compostura: desde sus atuendos hasta un lenguaje refinado y ejemplar. Ahora, estos seudolíderes son una vergüenza para sus representados: exhiben un vocabulario soez, ruin, carente de educación y cultura; deshonran al pueblo y se convierten en pésimos ejemplos, que a su vez los ciudadanos replican con igual o peor degradación.

¡Dios quiera que pronto sean reemplazados por dignos representantes del pueblo! (O)

Dr. Edgar Pesántez

Dr. Edgar Pesántez

Médico-Cirujano. Licenciatura en Ciencias de la Información y Comunicación Social y en Lengua y Literatura. Maestría en Educomunicación y Estudios Culturales y doctorado en Estudios Latinoamericanos.