Cuenca la otrora ciudad tranquila, educada y hasta recoleta que, amanecía con el repicar de las campanas de las Iglesias a la madrugada, anunciando el rosario de la aurora y que, asimismo, se recluía temprano en la noche, para dar lugar a los momentos de la reunión familiar, la merienda, las radionovelas, posteriormente ya en nuestra generación, la telenovela de éxito del momento, en el único televisor que había en la sala de la casa. Cambió, o mejor dicho le cambiamos. Ya no se ven en las esquinas de los barrios a los muchachos contando historias, reír presumiendo de las aventuras del día, para luego despedirse y cada quien a su casa. Todo es diferente, las noches de la Cuenca del presente son impredecibles. Por ahí hemos visto a las jóvenes que en medio de la gélida atmósfera exhiben los más pequeños atuendos, cómo también aguantarán, nos preguntamos, nosotros que, para salir al septenario pedíamos que nos compren las más grandes y hermosas chompas de lana de borrego en San Francisco. El mundo cambia, las culturas y sus dinámicas igualmente, pero lo que para nuestra generación si es triste es que, se van perdiendo las hermosas costumbres y tradiciones. Así es como tenemos que presenciar la prácticamente la agonía de la “Noche Cuencana”, fiesta de barrio que comenzaba con el clásico concurso de cuarenta y otras competencias, para concluir con un show, fuegos artificiales y baile popular, por supuesto con una de las mejores orquestas de la localidad o de Guayaquil. Así era nuestro barrio Luis Cordero, en el que todos nos conocíamos y compartíamos. No sabemos cómo y a quien se le ocurrió copiar al famoso Chavezazo de Quito y convertirle a la pobre Av. Huayna Cápac en un río de gente que, va de un lado a otro y en reversa, con los riesgos que todos conocemos. (O)









